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5/06/2016
4/11/2016
"Zitarrosa" en El País
Alfredo Zitarrosa, un hombre inabarcable
Libros que hablan de Zitarrosa desde sitios poco transitados
A 80 años de su nacimiento, el cantautor es objeto de múltiples enfoques.
Precisión: Pellegrino y un libro que sigue los pasos de Zitarrosa. Foto: Francisco Flores.
CARLOS REYES07 mar 2016
Alfredo Zitarrosa siempre es motivo de interés,
y por estos días, al filo de su aniversario, y con la fiesta que va a
haber en su homenaje en el Estadio Centenario, su figura vuelve a ser
objeto de múltiples enfoques. Uno de ellos puede ser la cantidad de
libros sobre él, en los que se abordan los muchos planos de su
trayectoria y su anecdotario.
Uno de los más originales se llama simplemente Zitarrosa,
fue publicado por Estuario Editora meses atrás, y tiene texto de
Rodolfo Santullo e ilustraciones de Max Aguirre. Su particularidad
arranca en que es un cómic, y uno puede pensar que la biografía del
recio cantautor podría no adaptarse al formato de Tarzán o Superman.
El hermoso y emotivo libro ostenta más
particularidades: es un cómic hecho en base a entrevistas, y las
fuentes aportaron jugosas anécdotas, que el hábil lápiz de Max Aguirre
plasma con maestría. Hay un primer mérito en la elección de los temas de
cada uno de los ocho capítulos, que por medio de historias a veces
mínimas, captan la hondura del personaje. El retrato que se logra de
Zitarrosa es genial, a través de dibujos y pequeños textos que mezclan
frases de los entrevistados y letras de las canciones del cantautor.
La estética del libro merece especial atención, por el
modo en que fueron pintadas las imágenes y los personajes de una época
ni cercana ni lejana. También la composición de las páginas, otra de las
habilidades que tiene que tener un creador de cómic.
En las librerías, junto a ese libro, se suele encontrar
otro que complementa muy bien el acceso a la biografía del músico. Se
trata de Alfredo Zitarrosa. La biografía, que el investigador
Guillermo Pellegrino publicó también en Estuario. En unas 180 páginas,
el autor sintetiza con rigor aspectos de la vida y obra del cantante de
la voz grave e inconfundible, en un trabajo que es tan fundamentado como
ameno.
Pellegrino tiene una larga trayectoria dedicada a la
música popular uruguaya y al género biográfico, y en este volumen arma
cronológicamente una biografía interesante, en la que con santa
paciencia va conjugando las más diversas fuentes para armar el
rompecabezas que es siempre contar la vida de alguien. Pellegrino sabe
cuándo afirmar, cuándo plantear una duda, o cuándo detenerse ante la
ausencia de más información, asunto que hace que su trabajo sea
particularmente valioso.
Un tercer libro, editado por Planeta, complementa esta invitación a aproximarse a Zitarrosa desde otro lugar. Se trata de Sonríe muerte,
poemario con textos poco conocidos del egregio juglar. Así, a través de
la poesía, el cómic y la biografía, el poeta, músico, cantor, y hasta
actor, se irá armando mejor en la mente de cada uno.
2/21/2016
5/29/2014
"Zitarrosa" en Diario Folk
Zitarrosa: un cómic con un superhéroe nada convencional
26/05/2014 - Fernando Marinelli
Para delinear un retrato sobre la obra y la
personalidad de Alfredo Zitarrosa, “el Gardel uruguayo”, el guionista de
la misma nacionalidad, Rodolfo Santullo y el dibujante argentino Max
Aguirre - dueños ambos de una nutrida trayectoria en sus respectivas
especialidades- eligieron un formato poco convencional: el cómic.
Como ninguno de los autores conoció al artista, salvo a través de los discos que escuchaban sus padres, recurrieron a testimonios y anécdotas de vida de personas más o menos cercanas a la figura del cantautor, las ficcionaron para llenar los huecos que esos relatos dejaban vacíos y les dieron forma de viñetas. Así, pergeñaron un volumen que está tan lejos de ser biográfico como hagiográfico, pero que resulta tan ameno y atractivo que se lee de un tirón.
A través de ocho historias delineadas con trazo severo pero emotivo, los autores van armando un puzzle donde se filtran datos históricos breves pero precisos y se cuelan naturalmente las letras de las canciones más recordadas de Zitarrosa. Un puzzle que, pese a su síntesis y arbitrariedad, termina por desvelar todas las facetas de la compleja y múltiple personalidad del protagonista.
Allí están el cantor de la voz grave, el gesto adusto y el infaltable traje negro; el militante comunista que -como corresponde- se afilió y desafilió al partido; el fumador empedernido; el bebedor de whisky; el exiliado político; el artista que era capaz de cantar gratis pero le pagaba a los músicos de su bolsillo.
Hay también un capítulo curioso que retrata la entrevista que Zitarrosa le hizo a su compatriota, el escritor Juan Carlos Onetti, durante su paso por el periodismo. Y otro de gran fuerza dramática, dedicado a una presentación en el exilio en la que Zitarrosa canta sobre imágenes de la dictadura militar uruguaya.
3/28/2014
"Zitarrosa" en Página 12
HISTORIETA › ZITARROSA, DE RODOLFO SANTULLO Y MAX AGUIRRE
Otra leyenda para un cuadrito
El guionista uruguayo y el dibujante argentino
realizaron una evocación sentida y cariñosa del autor de “Doña Soledad”.
Un homenaje que apunta más al hombre que a la figura pública, lo que
termina dándole un cariz distintivo a la obra.
Hay
un terreno difuso en Zitarrosa que escapa los límites precisos del
género. No es un documental, pero está producido como uno. No es
ficción, pero tanto el guionista uruguayo Rodolfo Santullo como el
dibujante Max Aguirre debieron echar mano a su intuición en algunos
pasajes para llenar los huecos que el relato oral deja vacíos. No es un
tributo, exactamente, y tampoco la figura del mítico cantautor uruguayo
es ensalzada sin atenuantes. Zitarrosa es, en todo caso, una evocación
sentida y cariñosa por un artista fundamental de la cultura
latinoamericana. Una evocación que se hace desde el hombre, antes que
desde la figura pública, y en ello reside su mayor virtud.
El volumen, publicado en Argentina por LocoRabia (originalmente
coeditado en Uruguay entre Estuario Editora y Grupo Belerofonte, con el
apoyo de los fondos concursables para la cultura), reúne diez anécdotas
ilustradas que pintan al cantante de cuerpo entero, tanto en sus mejores
pasajes como en sus momentos de capa caída. Las anécdotas surgen de
quienes lo trataron en el llano: colegas, compañeros de militancia,
yunta hermanada por la distancia, artistas y circunstanciales conocidos.
Previas a los shows con el hombre pasado de copas, la tristeza
deshilachada del exilio. La vez que se excusó de tocar para el partido
diciendo que su representante pedía 20.000 dólares para tocar y la vez
que se fue a tocar a la esquina porque el dueño de un teatro le
escamoteó la plata que le debía. O de ese asado de despedida en el que
le habían pedido que cantara y se quedó jugando al truco y comiendo un
choripán en el desván, porque quería una despedida íntima antes de volar
a México por quién sabe cuánto tiempo. También hay un capítulo curioso
que retrata la entrevista que Zitarrosa le hizo a Onetti durante sus
incursiones periodísticas.Desde lo narrativo, el trabajo de Santullo y de Aguirre no muestra fisuras. Hay un gran esfuerzo de investigación detrás de cada página del libro y en ambos se advierte la solidez ganada como historietistas. Los datos que vuelcan no son duros ni entorpecen la narración, ni las anécdotas se comen al protagonista del libro. En lo gráfico hay una muy buena reconstrucción de época y Aguirre alterna tramas, composiciones de página y planos para llevar la narración a buen puerto. Quizá el único problema de la edición argentina del libro es que el coloreado está planteado en distintos tonos fuertes de cian, mientras que la original uruguaya era en verdes más sobrios.
En esta obra lo que consigue la dupla es que el lector que ya conocía a Zitarrosa vaya a buscar sus discos. Que el que no lo había escuchado lo busque. Y que todos lamenten no poder compartir ya un vino con él.
Subrepticiamente, Santullo y Aguirre deslizan datos sobre la vida de su célebre protagonista, pero no se ceban en ellos. Lo importante es el recuerdo que los otros tienen sobre su figura y la construcción que realizan es más emotiva que factual. Por eso mismo resulta imposible no emocionarse en pasajes como el quinto capítulo, dedicado a una presentación en el exilio en la que el Zitarrosa historieta “canta” sobre las imágenes de la dictadura militar uruguaya. Como tampoco se puede evitar compadecerse del hombre triste que no habla ni ríe cuando almuerza con sus huéspedes, hasta que su tocayo Sabat le regala una caricatura. Y del mismo modo, es imposible no rendirse ante ese hombre borracho que, en el velorio de su ídolo, llora: “él cantaba para todos”.
12/19/2013
Zitarrosa en Zona Negativa
Historietas desde Latinoamérica #8 – Reseña de Zitarrosa
Escrito por: Mariano Abrach el día 19 diciembre, 2013
Guión: Rodolfo Santullo.
Dibujo: Max Aguirre.
Formato: Libro rústica c/solapas, 120 páginas.
No obstante, la elegida, Zitarrosa, tiene sus méritos más allá de la historieta misma para representar a Uruguay, lo cual utilizaremos como excusa. Es evidente: su protagonista representa al país y su cultura en sí mismo, siendo uno de los más populares (si no el más popular) cantautor uruguayo, parte de una generación que brindó muchos artistas latinoamericanos que aún hoy seguimos escuchando y referenciando.
Dicha generación es la que tuvo que atravesar y sufrir los gobiernos dictatoriales de los setentas, y por sus ideas políticas sus canciones fueron prohibidas y él debió exiliarse de su país, residiendo en España y México, viviendo lejos de su tierra por más de 10 años.
De esta manera, además de ser un fiel representante de la cultura uruguaya, también es un personaje muy interesante para contar su historia, y es lo que aquí hacen los autores Rodolfo Santullo y Max Aguirre.
Estas historias nos presentan al personaje en varios de los momentos significativos de su vida, situándose a su vez en diferentes lugares del mundo según la época; Uruguay, México, España… A través de estas anécdotas, se vislumbran diversas cualidades del protagonista, en cuanto a su personalidad (también modificándose a través de los diferentes momentos de su vida) y a sus ideas políticas, determinantes en cierta manera del recorrido que debió hacer obligadamente por el mundo.
A través de las narraciones sobre Zitarrosa, los autores también nos presentan someramente el panorama social y político de aquel momento histórico particular (especialmente de Uruguay), que marcó a fuego a más de una generación y que sigue siendo relevante para recordar, para revisitar y narrar historias de la época.
Si bien cumple esas funciones correctamente, y consigue transportar en el tiempo y relacionarnos con el personaje, la función principal es contarnos estas historias, estas anécdotas, en formato de historieta lo cual también está muy bien logrado. Por el lado del guión, es notable la capacidad de síntesis de Santullo para narrar en más o menos 10 páginas una historia comprensible, con principio, medio y fin, a partir de aquellos testimonios que seguramente eran más extensos de lo que cabe en ese espacio.
En cuanto al dibujo, Aguirre presenta el estilo que se le conoce de otros trabajos, de apariencia caricaturesca, con un trazo grueso, pocas líneas, y un solo color que da tono a la narración, lo cual parece simple a la vista pero sin lugar a dudas no es nada simple de lograr. Con este estilo, es capaz de retratar con cierta exactitud a los personajes históricos, y de lograr una narrativa secuencial precisa y legible, que también aprovecha bien el poco espacio que tiene para hacer caber las historias, demostrando el trabajo conjunto de los autores. Es destacable también la creatividad artística para ciertos momentos de la composición de página, en particular en el capítulo 5 titulado Adagio, anclando la letra de la canción Adagio en mi país (que me tomo la libertad de enlazar aquí debajo) con dibujos emotivamente fuertes, logrando uno de los puntos más altos del libro.
El libro consiste entonces, como decíamos, de un total de ocho historias presentadas como capítulos no conectados directamente entre sí, y al ser anécdotas se trata de narraciones de diferente tono habiéndolas trágicas, tristes, reflexivas, alegres, divertidas. Como la vida misma, como la vida de Zitarrosa también.
Nací al mundo del cómic siendo muy chico
con un viejo tomo recopilatorio de Ediciones Zinco de la Legión de
Super-Héroes, que era el del crossover con Superman que contaba la
historia del Superboy del Universo de Bolsillo y demás, una trama muy
intrincada que no entendí del todo hasta varios años después. Aún así,
fue una buena introducción al Universo DC y todas sus complejidades. Con
los años, los gustos e intereses se esparcieron, haciendo que luego de
un largo tiempo de hablar sobre DC Comics, hoy me ocupe de otros
menesteres del enorme mundo del cómic.
6/01/2013
Zitarrosa en 365 Comics por Año
"Jamás
en mi vida escuché ni un sólo tema de Alfredo Zitarrosa. No sé ni qué
voz tiene. Pero bueno, sé que es un referente fundamental de la música
uruguaya, con lo cual me parecía atractivo leer una biografía suya.
Claro que, ni bien abro el libro, los autores se apresuran a aclararme
que esto NO es una biografía, sino una colección de anécdotas,
complementadas con toques de ficción. Automáticamente, mi interés
retrocede dos casilleros. Por suerte, los autores no son otros que
Rodolfo Santullo y Max Aguirre y ahí sí –como diría otro cantautor de
izquierda al que tengo un poquito más escuchado- nos sobran los motivos
para encarar bien predispuestos la lectura de estas historias.
Una vez adentro, me encuentro con que no todas las anécdotas son igual de interesantes. De las ocho, tres me parecieron buenísimas y el resto, apenas interesantes o decididamente prescindibles. De todos modos me sirvieron para: 1) conocer fragmentos de las letras de varios temas de Zitarrosa! Son muy grossas! No sé qué onda la música, pero este señor escribía muy bien. 2) dimensionar la faceta de militancia y resistencia de Zitarrosa, su compromiso político, lo mal que la pasó cuando a raíz de un golpe de estado debió dejar su querido Uruguay, y lo mucho que hizo por sus compatriotas que pasaban por el mismo predicamento que él en los distintos países donde le tocó vivir en los años oscuros. 3) disfrutar con los excelentes diálogos a los que me tiene acostumbrado Santullo. El personaje es casi una caricatura, el tipo circunspecto que fuma y escabia más de la cuenta, super-profesional a la hora de subirse al escenario y con fuertes códigos de afecto con los amigos y solidaridad con los compañeros. Las historias giran más o menos en torno a eso y al ya gastado tema de “lo mal que lo pasamos los progres cada vez que gobiernan los fachos”. Y sin embargo, los diálogos realistas, punzantes, a veces muy cómicos de Santullo, ayudan muchísimo a remarla, a ponerle chispa a las historias. 4) maravillarme con el trabajo de Max Aguirre, que no es parejo en todo el libro, pero cuando estalla amenaza con convertirse en el mejor trabajo en la vasta carrera de este virtuoso dibujante argentino.
Me quedo con lo de Aguirre: en las primeras historias arranca con muchos cuadros por página, y gradualmente baja la cantidad hasta llegar a un punto de equilibrio en el que puede meter viñetas más grandes y lucirse más. El trazo es engañoso: parece línea clara, al estilo Dupuy y Berberian, pero con unas texturas en el color y algunos rayones que parecen hechos con fibrones casi secos, que le agregan una especie de desprolijidad que queda muy bien. El episodio coprotagonizado por el Menchi Sábat abre con una viñeta espectacular y después derrapa mal. Es, claramente, el menos inspirado, en el que Max menos se jugó. El anterior, en cambio, ese en el que Max puede meter varias páginas de una sóla viñeta y muchas de dos y tres, es una cátedra absoluta, con un clima estremecedor y unas imágenes majestuosas, de esas que se te impregnan en las retinas para siempre. Y la segunda historia (cuyo planteo no me enganchó demasiado) tiene unos juegos alucinantes en la puesta en página que tenés que ser muy grosso para que se te ocurran y definitivamente un capo para que te salgan bien. Son tres páginas, nomás, pero Aguirre hace magia y convierte un diálogo pachorro (un monólogo, en realidad) en una secuencia memorable, atractiva por donde se la mire (y hay que darse cuenta por dónde mirarla).
¿Recomiendo este libro? En realidad es medio al pedo, porque fue un hitazo y se agotó muy rápido a ambos lados del río. Pero bueno, eventualmente se reeditará. En ese caso, los fans de Max Aguirre deberán abalanzarse sobre él, sin dudarlo un segundo, como si en vez de un libro fuera Scarlett Johansson en ropa interior y con un cartelito de “oferta” colgando de la chabomba. Si sos uruguayo, seguro te va a conmover. Y si sos fan de Alfredo Zitarrosa, obviamente te va a resultar una historieta 100% fundamental. A los fans del Santullo de siempre, del que se florea con clase y categoría en varios géneros cercanos a la aventura o el policial, no sé si Zitarrosa los enganchará demasiado. Me queda claro que Rodolfo se compenetró con el personaje (y con la época; no olvidemos que nació en México porque sus padres también tuvieron que exiliarse) pero varias de las anécdotas que le hace vivir al cantautor no tienen ni la fuerza ni el encanto que solemos ver en sus otras historietas.
Me quedo con una frase que una vez dijo Zitarrosa (allá por el ´83, en una entrevista que salió en Hum®) y que nunca me pude olvidar: “Que en Argentina se hable de rock nacional es como que los yankis hablen de national milong”. Polémico, el maestro..."
Andrés Accorsi
http://365comicsxyear.blogspot.com/2013/05/29-05-zitarrosa.html
Una vez adentro, me encuentro con que no todas las anécdotas son igual de interesantes. De las ocho, tres me parecieron buenísimas y el resto, apenas interesantes o decididamente prescindibles. De todos modos me sirvieron para: 1) conocer fragmentos de las letras de varios temas de Zitarrosa! Son muy grossas! No sé qué onda la música, pero este señor escribía muy bien. 2) dimensionar la faceta de militancia y resistencia de Zitarrosa, su compromiso político, lo mal que la pasó cuando a raíz de un golpe de estado debió dejar su querido Uruguay, y lo mucho que hizo por sus compatriotas que pasaban por el mismo predicamento que él en los distintos países donde le tocó vivir en los años oscuros. 3) disfrutar con los excelentes diálogos a los que me tiene acostumbrado Santullo. El personaje es casi una caricatura, el tipo circunspecto que fuma y escabia más de la cuenta, super-profesional a la hora de subirse al escenario y con fuertes códigos de afecto con los amigos y solidaridad con los compañeros. Las historias giran más o menos en torno a eso y al ya gastado tema de “lo mal que lo pasamos los progres cada vez que gobiernan los fachos”. Y sin embargo, los diálogos realistas, punzantes, a veces muy cómicos de Santullo, ayudan muchísimo a remarla, a ponerle chispa a las historias. 4) maravillarme con el trabajo de Max Aguirre, que no es parejo en todo el libro, pero cuando estalla amenaza con convertirse en el mejor trabajo en la vasta carrera de este virtuoso dibujante argentino.
Me quedo con lo de Aguirre: en las primeras historias arranca con muchos cuadros por página, y gradualmente baja la cantidad hasta llegar a un punto de equilibrio en el que puede meter viñetas más grandes y lucirse más. El trazo es engañoso: parece línea clara, al estilo Dupuy y Berberian, pero con unas texturas en el color y algunos rayones que parecen hechos con fibrones casi secos, que le agregan una especie de desprolijidad que queda muy bien. El episodio coprotagonizado por el Menchi Sábat abre con una viñeta espectacular y después derrapa mal. Es, claramente, el menos inspirado, en el que Max menos se jugó. El anterior, en cambio, ese en el que Max puede meter varias páginas de una sóla viñeta y muchas de dos y tres, es una cátedra absoluta, con un clima estremecedor y unas imágenes majestuosas, de esas que se te impregnan en las retinas para siempre. Y la segunda historia (cuyo planteo no me enganchó demasiado) tiene unos juegos alucinantes en la puesta en página que tenés que ser muy grosso para que se te ocurran y definitivamente un capo para que te salgan bien. Son tres páginas, nomás, pero Aguirre hace magia y convierte un diálogo pachorro (un monólogo, en realidad) en una secuencia memorable, atractiva por donde se la mire (y hay que darse cuenta por dónde mirarla).
¿Recomiendo este libro? En realidad es medio al pedo, porque fue un hitazo y se agotó muy rápido a ambos lados del río. Pero bueno, eventualmente se reeditará. En ese caso, los fans de Max Aguirre deberán abalanzarse sobre él, sin dudarlo un segundo, como si en vez de un libro fuera Scarlett Johansson en ropa interior y con un cartelito de “oferta” colgando de la chabomba. Si sos uruguayo, seguro te va a conmover. Y si sos fan de Alfredo Zitarrosa, obviamente te va a resultar una historieta 100% fundamental. A los fans del Santullo de siempre, del que se florea con clase y categoría en varios géneros cercanos a la aventura o el policial, no sé si Zitarrosa los enganchará demasiado. Me queda claro que Rodolfo se compenetró con el personaje (y con la época; no olvidemos que nació en México porque sus padres también tuvieron que exiliarse) pero varias de las anécdotas que le hace vivir al cantautor no tienen ni la fuerza ni el encanto que solemos ver en sus otras historietas.
Me quedo con una frase que una vez dijo Zitarrosa (allá por el ´83, en una entrevista que salió en Hum®) y que nunca me pude olvidar: “Que en Argentina se hable de rock nacional es como que los yankis hablen de national milong”. Polémico, el maestro..."
Andrés Accorsi
http://365comicsxyear.blogspot.com/2013/05/29-05-zitarrosa.html
5/08/2013
1/04/2013
Zitarrosa en la diaria
"El hombre de negro
Zitarrosa, de Rodolfo Santullo y Max Aguirre. Estuario / Belerofonte, Montevideo, 2012. 112 páginas.
Este
libro no viene a buscarse un lugar entre las biografías de Zitarrosa;
más bien, se ocupa de huecos, lateralidades, asuntos aparentemente
nimios en obras más “orgánicas”. Aparecen entonces el conflicto del
artista que se debate entre la supervivencia económica y la militancia
política, entre la profesionalidad y los amigos, entre el alcohol y la
garganta. Que el guión de Rodolfo Santullo no se base en material
“oficial” -salvo en una notoria excepción, la del reportaje de Zitarrosa
a Onetti publicado en Marcha-, sino en entrevistas realizadas
especialmente para este trabajo, colabora especialmente con esa tarea de
mostrar facetas complementarias de un creador conocido y popular.
Como si hiciera falta explicitar de entrada este abordaje, en la primera de las historias, “20.000 dólares”, Santullo transcribe en formato “pregunta-respuesta” el diálogo que mantuvo con Egardo Santullo (sobre el tema del parentesco volveremos un poco más adelante). Los datos que aporta el entrevistado son mínimos y admitidamente vagos; sin embargo, alcanzan para plantear un dilema que posiblemente vivía a principios de los 70 todo músico exitoso y comprometido con la izquierda -cómo “cobrarle” los recitales a su partido- y, sobre todo, para marcar el tono confesional y laxo, común al resto de las historietas del libro.
“Los muchachos peronistas”, tercera historia, es todo un aporte para superar la incomprensión que hay desde Uruguay hacia la política argentina. Zitarrosa, el comunista oriental, queda en orsai ante un grupo de admiradores que, alrededor de 1975, le organizan actuaciones en el Gran Buenos Aires; en la última viñeta no modifica su postura -sería demasiado previsible-, pero prefiere rescatar lo que une a la izquierda clásica con el movimiento argentino y recita los versos más famosos de “La internacional” (“arriba los pobres del mundo”). “Yo no canto” salta en el tiempo para mostrar a Zitarrosa en los días previos a su regreso al país; los amigos del exilio mexicano le preparan una despedida, y como el humorista que prefiere no contar chistes en reuniones privadas, el músico evita “cantarse una” con la mayor picardía. Apostando al contraste, “Adagio” presenta indirectamente al cantor, que aparece tras bambalinas y borracho hasta las patas, pero que recupera la voz y la sobriedad en cuanto pisa el escenario y se pone a cantar la terrible “Adagio en mi país” (escrita en 1972, cuando para los más lúcidos la primacía autoritaria ya era inevitable). El Zitarrosa más huraño aparece en “Cena con amigos” (el título es una guiñada a una serie que guionó Santullo hace tres años), en una noche de su estadía madrileña (previa a la mexicana) en la que sólo una caricatura de Sabat lo arranca del malhumor.
La última historieta, “Un arreglo es un arreglo”, pretende mostrar, a través de la reacción de un hombre borracho ante la noticia de la muerte de Zitarrosa, lo profundo del arraigo popular del artista. Ésta y la primera historia son las únicas que transcurren en Uruguay (una en la predictadura, otra tras el retorno democrático). Es obviamente una reflexión secundaria, pero entre otras cosas esto mueve a pensar en la importancia que el exilio tuvo para el hombre que creó la épica “Guitarra negra”, aunque sea por motivos simplemente cronológicos: nacido en 1936, poeta, periodista y eventual actor, comenzó a presentarse como cantante recién en 1964, partió en 1973, regresó en 1984 y murió en 1989. En la mirada de Santullo, este exilio adquiere ciertas características peculiares, que comparte con el resto de su tratamiento de la historia reciente, como su novela gráfica Acto de guerra (2010). Posiblemente debido a su historia familiar -parte del grupo de El Galpón que se radicó en México-, Santullo tiende a ver lo ocurrido en los 60 y 70 de manera un tanto simplista -tupas y bolches versus los malos, pongamos-, como si siguiera apegado a las versiones que captó de niño. Sin embargo, dado el encare abiertamente testimonial que tiene este Zitarrosa, acá esa perspectiva rinde. De hecho, podría esperarse más y mejor en este sentido si algún día Santullo (nacido en el DF en 1979) se dedica a profundizar en el periplo de esa camada de hijos exiliados en México -los Campodónico, los Casacuberta, entre otros- que continúa el camino de sus padres en el campo de la cultura.
Lo del dibujante Max Aguirre (Buenos Aires, 1971), en cambio, deja bastante que desear. Compone a un Zitarrosa estilizado y taciturno, cercano en su figura al rockero Nick Cave, pero su caricatura de Onetti (al que muestra petiso, gordo y en camisilla, más parecido a Levrero que al tipo elegante que fue JCO) demuestra bastante lejanía con los personajes retratados. En otros casos, su desdén por la fisonomía impide captar algunos datos (por ejemplo, se supone que el “Enrique” mencionado en el capítulo español es el escritor Estrázulas, manager de Zitarrosa ), pero sobre todo, molesta el evidente abandono del detalle a medida que pasan las páginas, como si hubiera que apurarse para terminar el proyecto.
De todos modos, aunque lo estrictamente artístico decaiga -tal vez sea culpa del buen comienzo, que retrata a un impresionante Zitarrosa facetado e inusualmente concentrado en su guitarra-, el resto de los aspectos gráficos conserva el nivel. En todo caso, el resultado no desentona dentro de una obra audaz, madura y estimulante."
Como si hiciera falta explicitar de entrada este abordaje, en la primera de las historias, “20.000 dólares”, Santullo transcribe en formato “pregunta-respuesta” el diálogo que mantuvo con Egardo Santullo (sobre el tema del parentesco volveremos un poco más adelante). Los datos que aporta el entrevistado son mínimos y admitidamente vagos; sin embargo, alcanzan para plantear un dilema que posiblemente vivía a principios de los 70 todo músico exitoso y comprometido con la izquierda -cómo “cobrarle” los recitales a su partido- y, sobre todo, para marcar el tono confesional y laxo, común al resto de las historietas del libro.
“Los muchachos peronistas”, tercera historia, es todo un aporte para superar la incomprensión que hay desde Uruguay hacia la política argentina. Zitarrosa, el comunista oriental, queda en orsai ante un grupo de admiradores que, alrededor de 1975, le organizan actuaciones en el Gran Buenos Aires; en la última viñeta no modifica su postura -sería demasiado previsible-, pero prefiere rescatar lo que une a la izquierda clásica con el movimiento argentino y recita los versos más famosos de “La internacional” (“arriba los pobres del mundo”). “Yo no canto” salta en el tiempo para mostrar a Zitarrosa en los días previos a su regreso al país; los amigos del exilio mexicano le preparan una despedida, y como el humorista que prefiere no contar chistes en reuniones privadas, el músico evita “cantarse una” con la mayor picardía. Apostando al contraste, “Adagio” presenta indirectamente al cantor, que aparece tras bambalinas y borracho hasta las patas, pero que recupera la voz y la sobriedad en cuanto pisa el escenario y se pone a cantar la terrible “Adagio en mi país” (escrita en 1972, cuando para los más lúcidos la primacía autoritaria ya era inevitable). El Zitarrosa más huraño aparece en “Cena con amigos” (el título es una guiñada a una serie que guionó Santullo hace tres años), en una noche de su estadía madrileña (previa a la mexicana) en la que sólo una caricatura de Sabat lo arranca del malhumor.
La última historieta, “Un arreglo es un arreglo”, pretende mostrar, a través de la reacción de un hombre borracho ante la noticia de la muerte de Zitarrosa, lo profundo del arraigo popular del artista. Ésta y la primera historia son las únicas que transcurren en Uruguay (una en la predictadura, otra tras el retorno democrático). Es obviamente una reflexión secundaria, pero entre otras cosas esto mueve a pensar en la importancia que el exilio tuvo para el hombre que creó la épica “Guitarra negra”, aunque sea por motivos simplemente cronológicos: nacido en 1936, poeta, periodista y eventual actor, comenzó a presentarse como cantante recién en 1964, partió en 1973, regresó en 1984 y murió en 1989. En la mirada de Santullo, este exilio adquiere ciertas características peculiares, que comparte con el resto de su tratamiento de la historia reciente, como su novela gráfica Acto de guerra (2010). Posiblemente debido a su historia familiar -parte del grupo de El Galpón que se radicó en México-, Santullo tiende a ver lo ocurrido en los 60 y 70 de manera un tanto simplista -tupas y bolches versus los malos, pongamos-, como si siguiera apegado a las versiones que captó de niño. Sin embargo, dado el encare abiertamente testimonial que tiene este Zitarrosa, acá esa perspectiva rinde. De hecho, podría esperarse más y mejor en este sentido si algún día Santullo (nacido en el DF en 1979) se dedica a profundizar en el periplo de esa camada de hijos exiliados en México -los Campodónico, los Casacuberta, entre otros- que continúa el camino de sus padres en el campo de la cultura.
Lo del dibujante Max Aguirre (Buenos Aires, 1971), en cambio, deja bastante que desear. Compone a un Zitarrosa estilizado y taciturno, cercano en su figura al rockero Nick Cave, pero su caricatura de Onetti (al que muestra petiso, gordo y en camisilla, más parecido a Levrero que al tipo elegante que fue JCO) demuestra bastante lejanía con los personajes retratados. En otros casos, su desdén por la fisonomía impide captar algunos datos (por ejemplo, se supone que el “Enrique” mencionado en el capítulo español es el escritor Estrázulas, manager de Zitarrosa ), pero sobre todo, molesta el evidente abandono del detalle a medida que pasan las páginas, como si hubiera que apurarse para terminar el proyecto.
De todos modos, aunque lo estrictamente artístico decaiga -tal vez sea culpa del buen comienzo, que retrata a un impresionante Zitarrosa facetado e inusualmente concentrado en su guitarra-, el resto de los aspectos gráficos conserva el nivel. En todo caso, el resultado no desentona dentro de una obra audaz, madura y estimulante."
José Gabriel Lagos
11/29/2012
"Zitarrosa" en el suplemento Radar de Página 12
HISTORIETA > ALFREDO ZITARROSA HECHO HISTORIETA
De la A a la Z
Alfredo Zitarrosa no es sólo uno de los compositores
rioplatenses más reverenciados, sino también una leyenda uruguaya que,
como toda leyenda, está hecha de versiones, recuerdos e historias en
cada uno de quienes lo conocieron, lo oyeron o incluso alguna vez lo
vieron. El guionista Rodolfo Santullo y el dibujante Max Aguirre
buscaron esas mil y una caras del músico para escribir e ilustrar
Zitarrosa, un libro asombroso, lleno de libertades pero que nunca falta a
la verdad del mito.
Un
libro lleno de anécdotas, pero con sólo una historia para contar. Un
libro lleno de nombres, pero con un solo nombre que importa. Un libro en
el que se cuelan todas las canciones, que en realidad es siempre la
misma. Un libro sobre Zitarrosa, pero según es recordado por quienes
apenas si le pasaron cerca. Eso es lo que se atrevieron a escribir –y
dibujar–- Rodolfo Santullo y Max Aguirre, respectivamente. Un pequeño,
pero hermoso volumen que permite acercarse desde una nueva perspectiva a
uno de los grandes mitos de la música rioplatense, inimitable puente
–al decir de Fernando Cabrera– entre la cultura campesina y la urbana.
“Hizo estremecer por igual tanto a un criollo del interior como a un
bancario de la Ciudad Vieja”, explica el cantante uruguayo en una
declaración que preside los testimonios incluidos hacia el final de un
libro lleno de recuerdos y homenajes, pero también plagado de riesgos,
que Santullo y Aguirre logran esquivar para llegar a buen puerto.
Al mejor de los puertos, en realidad, que es el de un trabajo
respetuoso, pero al mismo tiempo repleto de libertades, que termina
siendo fiel tanto a la obra de ambos creadores como a la del artista que
se propusieron retratar. Un libro que confirma el “método Santullo”,
que parece ser especialista en tramas históricas, dejando la historia
para los libros, y dedicándole la historieta a eso que justamente suele
quedar a un lado de la historia oficial, que es la narración oral. Luego
de dos años de recopilar anécdotas e historias recordadas por gente que
lo conoció, este Zitarrosa es fiel al histórico y a la vez es otro.
“Nuestro Zitarrosa es uno creado a partir de la mirada de terceros, y
por la idea mítica que tenemos de él –explica Santullo–. Pero en todos
los relatos de terceros es el mismo tipo, y esto sucede porque el
Zitarrosa real dejó en todos una impresión muy fuerte.”Separado en capítulos, cada uno de ellos dedicado a una anécdota diferente, el guionista asegura que nunca terminó de sacarse el peso de la historia y de semejante personaje cada vez que terminaba uno de ellos y se lo enviaba al dibujante. “Quedaba tenso –cuenta Santullo–. ¿Había escrito bien los diálogos? ¿Se parecían a lo que los protagonistas podrían haber dicho?” Aguirre confiesa que sintió algo parecido al empezar a trabajar en el libro. “Era todo un problema poner en movimiento a nuestro Zitarrosa porque, si bien no es una biografía, no me interesaba faltarle el respeto.” Paradójicamente, la solución gráfica llegó cuando decidió transformarlo decididamente en un personaje de historieta, siempre con el mismo traje negro, un pucho en la boca, y el mismo peinado rematado en mechón colgando frente a su rostro. A medio camino de Nick Cave y Johnny Cash, así termina siendo el Zitarrosa del libro, una descripción ante la que asiente Aguirre con una carcajada. “En la presentación realizada en la Feria del Libro de Montevideo, estaba dibujando mis Zitarrositas cuando descubrí a Serena Zitarrosa mirándome con una sonrisa. ‘Me encanta cómo dibujas a mi papá’, me dijo. Fue la mejor confirmación posible de que no me había equivocado”, confiesa Aguirre, que casi de casualidad fue el encargado de contactarse con la familia del músico, conocida por proteger celosamente su legado.
“Encontré a Serena a través de Internet –cuenta–. Les acercamos a ella y a su madre las primeras páginas que hicimos, las que sirvieron para presentarnos a los fondos concursables, y les gustó lo que vieron. Fue mucho más sencillo de lo que nos podíamos imaginar. Y hubiese sido aún más sencillo si le hubiésemos preguntado a la madre de Rodolfo, que resultó conocer personalmente a la familia –se ríe–. Para mí tanto su padre como su madre fueron como agentes secretos del libro. Cada vez que nos faltó algo, ellos nos lo revelaron.” Aguirre se refiere a que tanto el primer capítulo como el último parten de sus recuerdos. De hecho, para Max, un libro como Zitarrosa se inscribe en una suerte de trilogía familiar de Santullo, que se inicia con Acto de guerra (2010), y sigue en Valizas (2011), ambos con dibujos de Marcos Vergara. “De hecho, hay personajes que se repiten de un libro al otro”, concede Santullo, y explica que la episódica Acto de guerra se realizó casi de la misma manera que Zitarrosa, a partir de recuerdos de sus padres y sus amigos sobre la dictadura en Uruguay. Y la admirable Valizas, sobre cómo el gobierno militar altera la vida en el balneario de la costa de Rocha, aún mas solitario y perdido en los ’70, si bien es una sola historia, también parte de la misma inspiración.
“Pero Zitarrosa en un principio iba a ser otra cosa –revela Santullo–. Lo primero que se me ocurrió fue usarlo como detective privado, usar el personaje y llevarlo para el lado del policial.” Habla de una idea que se vincula con las aventuras del increíble Piria, el fundador de Piriápolis, que planean junto a Aguirre, un delirio totalmente alejado de lo histórico, que según Max convertirá a Piria en una suerte de Tintín deambulando por Europa. “Pero me quedé trabado con Zitarrosa como detective, y ahí me acordé de una anécdota que me había contado mi padre, y empecé a acercarme al personaje desde otro costado.” Cuando la idea fue más concreta, Santullo cuenta que le propuso a Aguirre –fanático de Zitarrosa– encargarse del dibujo. Y la primera respuesta fue negativa. “Es que tenía mucho trabajo –se excusa Max aún hoy–. Pero a los dos días le dije que sí. Porque si no iba a ser como ver a tu mina irse con otro. No lo iba a poder soportar.” En el estudio de Aguirre, cerca del Parque Centenario, quedan las pruebas del esfuerzo que significó haberse sumado al proyecto en una suerte de calendario en el que las horas del día dedicadas a Zitarrosa son las últimas, lo que significó dos meses de dibujar hasta altas horas de la madrugada. El último capítulo tachado, señalado el final, tiene fecha en septiembre y la hora es poco antes de las 5 de la mañana.
“Para mí, haber hecho este trabajo fue algo importante, significó la posibilidad de devolver muchas de las cosas que he recibido”, intenta explicar Max, que revela una infancia muy particular al enumerar sus primeros tres discos preferidos: el inicial de Troilo-Grela, el lunfardo de Edmundo Rivero y el disco en vivo Zitarrosa en Argentina. Para Santullo, nacido en México, donde sus padres estaban exiliados, el fanatismo llegó recién de grande, a los 30 años. Pero asegura estar escuchando a Zitarrosa en su hogar montevideano mientras contesta por Internet estas preguntas sobre un libro que confiesa deudor de la biografía de Guillermo Pellegrino, porque ordena la cronología de su personaje. Por su parte, Max Aguirre destaca la de Enrique Estrázulas, porque se acerca más al personaje, y también señala haber curioseado el Gardel de Muñoz y Sampayo. “Pero después dejé de mirar, porque si no te quedás quieto, como una liebre ante una luz”, confiesa. Acepta también que su dibujo resulta cada vez mas deudor del de los admirables maestros modernos franceses Dupuy & Berberian. “Pero siempre fue así –se disculpa–. Lo que puede haber sucedido es que ahora se nota más porque me fui despojando de otras influencias, como las de Hugo Pratt o Milton Caniff, que antes se mezclaban. Pero cuando tengo problemas para resolver algo, sigo volviendo a Viuti, Caloi o Fontanarrosa para ver si me doy cuenta cómo hacerlo.”
El resultado final, en todo caso, es un libro hermoso, y de vuelo propio. Un libro en el que Zitarrosa está vivo, y al mismo tiempo convoca a la leyenda. A su obra, y también a unos tragos. Con lo que no hay mucho más que decir, salvo pedir una más que no jodemos más. Y una vuelta para todos.
“Aprovechando mi pasado como caricaturista, Santullo empezó a llenar los capítulos con personajes conocidos del Río de la Plata”, se queja y enorgullece a la vez Max Aguirre, celebrando los momentos en que aparecen en la historia desde el Menchi Sábat hasta Daniel Viglietti. La historia de Sábat se la contó a Aguirre su hijo Alfredo, en un encuentro casual en el diario La Nación, donde ambos trabajan. Con el correspondiente permiso del padre, Santullo la incorporó al libro. Pero la verdadera joya atípica del volumen es el encuentro con Juan Carlos Onetti, que adapta el reportaje que Zitarrosa le hizo, respetando el diálogo al pie de la letra.
| Al recordar el proceso de compilar anécdotas para el libro, Max Aguirre se sorprende de que un testigo llevase a otro. “Cuando empezamos a decir que estábamos armando el Zitarrosa, no había reunión en la que no apareciese alguien que, o nos contase una anécdota, o nos dijese que teníamos que hablar con tal o cual.” Santullo dice que terminaron teniendo material para una enciclopedia de anécdotas, pero que muchas de las historias se repetían. Había muchas como la del capítulo 7, en que el organizador del concierto intenta pagarles menos a los músicos, por ejemplo. “Pero la que resultó ser una joya, fundamental para terminar de armar el libro, fue una que me contó mi gran amigo Washington Castillo, actor del Galpón, que estuvo muy cercano a Zitarrosa durante su exilio en México. Fue cuando se cruzaron con él en un pueblo perdido y se preocuparon porque lo vieron algo borracho antes de salir a escena. Pero cantó ‘Adagio en mi país’, y el teatro se vino abajo.” Resulta fundamental para el capítulo la decisión de ilustrar la letra con dibujos a toda página, lo que transmite parte de la emoción que debe haber invadido a los presentes en ese teatro. “Una idea que fue toda de Max”, concede Santullo. |
10/08/2012
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