1/10/2015

"Novelas Ejemplares" en Hoy Canelones

‘Novelas ejemplares’ de Miguel de Cervantes, en cómic y por varios autores

¿Cómo leer los clásicos?
 Un repaso a un interesante libro recientemente editado, donde la obra del Manco de Lepanto se redimensiona con un arte del siglo XX.
Pongamos por caso que se cumplen cuatrocientos años de la primera edición de Novelas ejemplares, del célebre –más no siempre tan leído- Miguel de Cervantes. Un acontecimiento literario como este justifica ampliamente la siguiente escena: un sujeto de gafas, con el cabello revuelto y un poco grasiento, discurre, parsimonioso, acerca de la vigencia que ciertos textos clásicos de la tradición hispánica mantienen hasta nuestros días; alguien del auditorio, arrellanado en su butaca, asiente con la cabeza mientras ahoga un bostezo, que termina por perderse en el silencio reinante de la sala.
Ahora bien, también hay otras formas de conmemorar la publicación de una gran obra. Una posibilidad es sacar un libro en el que, a través de la reunión de diversos artistas, se revisiten formas narrativas del pasado a través de un lenguaje que, en principio, parecería serles ajeno. En noviembre de 2013, el colectivo editorial Mojito editó, con la participación de 22 guionistas e ilustradores de Argentina, Brasil, Uruguay, España, entre otros, una versión en formato cómic de Novelas ejemplares. Se trata de un cruce en donde géneros, recursos, procedimientos y contextos se resignifican, sin perder por eso el diálogo con los motivos centrales de las historias.

03Novelas

El texto clásico es clásico, entre otras cosas, porque articula envíos con el presente de quien lee. Cervantes, ese –tomo palabras de Vladimir Nabokov– fracasado soldado, poeta, dramaturgo y funcionario, comenzó a escribir en 1590 un conjunto de historias que, por sus procedimientos de escritura y sus tratamientos temáticos, ciertamente deben ser tenidas en cuenta en la actualidad. Enredos amorosos, chiflados que creen tener el cuerpo de vidrio (¿quién no ha perdido el juicio alguna vez?), raptos y violaciones, perros que hablan, son solo una muestra de lo que el lector puede encontrar.
Aclaración: quien espere encontrarse con transposiciones miméticas o adaptaciones exactas de los textos cervantinos en esta revisión de las Novelas ejemplares, se llevará una sorpresa. En mayor o menor medida, todas las historietas que conforman el volumen dejan ver una estela o un intersticio por donde ingresan lecturas, interpretaciones, procesos creativos y guiños de todo tipo. De esta forma, se abre el juego y el espectro de la obra, a través de un vínculo con un público que reclama una actualización de los clásicos, lo que en modo alguno funciona en desmedro de estos últimos (los puristas no tienen, pues, de qué preocuparse).
A cada una de las historietas se les puede reconocer originales vueltas de tuerca sobre el eje de la trama, nuevas formas de resolución y nuevos marcos-secuenciales. Cada una se completa en sí misma y, en simultáneo, dispara en dirección al texto del que partió alguna vez. Mediante estos contactos con el mundo actual y el cervantino surge también el humor; en “La fuerza de la sangre” (guión: Diego Cortés/dibujo: Leo Sandler), por ejemplo, una alcohólica conductora de telenovela presenta una retorcida historia amorosa, mientras que esta es interrumpida por distintos avisos publicitarios: detergentes Sancho (“Para que nunca abandone su lucha ni sus sueños”), desodorantes femeninos Dulcinea Rosas (“El sueño loco de toda mujer”). En “La ilustre fregona” (guion: Rodolfo Santullo/dibujo: Lisandro Estherren), por su parte, se modifica el escenario, que abandona España para situarse en la frontera entre México y EEUU, al tiempo que los protagonistas devienen narcotraficantes.
El libro, en fin, articula un giro interesante con la forma que tenemos de relacionarnos con los textos canónicos, ventila cierta concepción de la obra clásica confinada al anaquel, con hojas amarillentas, quebradizas, que ya nadie lee. Una doble invitación: entrar al mundo del cómic y al mundo de Cervantes. No se me ocurre una mejor forma de conmemorar la primera edición de un libro.

Mathías Iguiniz
Especial para HOY CANELONES

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1/08/2015

"Control de Plagas" en Página 12


espectaculos
Martes, 6 de enero de 2015
HISTORIETA  › ENTREVISTA AL GUIONISTA MAX AGUIRRE, POR CONTROL DE PLAGAS

Nuevo ensayo sobre el fin del mundo

En las viñetas que Aguirre y el dibujante Jok recopilaron en libro, el Apocalipsis ya llegó, con la invasión de toda clase de seres sobrenaturales, pero “los personajes no se sientan a ver cómo se termina el mundo, ellos siguen haciendo, incluso riéndose de eso”.




 Por Andrés Valenzuela

Un día, el problema más grande de un jardinero son las babosas. A la semana siguiente, vórtice dimensional de por medio, la cosa se le complica: el patio de la señora Rodríguez tiene una invasión de pequeñas criaturas demoníacas. Y su empleadora es una vampiresa. Esa es, a grandes rasgos, la premisa de Control de plagas, la historieta que Max Aguirre y Jok –guiones y dibujos, respectivamente– serializaron primero en el portal Historietas reales y luego recopilaron en libro, con mucho material extra, a través del colectivo editorial Mojito. En Control de plagas, el Apocalipsis ya llegó: el mundo fue invadido por toda clase de seres sobrenaturales y no queda más remedio que ir tirando con eso. Los ricos se atrincheran en sus countries, los geriátricos albergan zombies, aparecen los vacíos legales para definir sucesiones de muertos vivientes y, cada tanto, alguien junta unos pesos para que los exterminadores corran la hidra que se afincó en el fondo de casa.
El proyecto, cuenta Max Aguirre, surgió en la previa de uno de los picaditos futboleros que lo encuentran desde hace una década con su amigo, colega y dibujante de turno, Jok. Con su compinche sólo habían trabajado en una historieta breve, pero ese encuentro había sido revelador. “Descubrí en Jok algo dificilísimo de encontrar en los dibujantes de historieta de aventuras: muchísimo sentido del humor”, señala Aguirre. En este sentido, Control de plagas está recorrido por un cierto espíritu de Sábados de SuperAcción, mechado con saludables dosis de mofa hacia el género fantástico, aunque siempre con cariño. “Cuando le advertí que no iba a poder hacerlo de otro modo, Jok me dijo que le parecía bien, que los géneros son andariveles que sirven para salirse de ellos y que hoy es casi obligatorio hacerlo.”
En los últimos años aparecieron varias historietas sobre el fin del mundo, tanto en Argentina como en el exterior. Sin embargo, hay diferencias sustanciales entre unas y otras. En el cómic norteamericano, lo más habitual es que el fin del mundo sea algo a evitar. Y si sucede, es el fin de todo lo conocido. Se caen las instituciones y nada más funciona. En los fines del mundo argentinos, los personajes van tirando del carro como pueden. Control de plagas no es la excepción.
“La ciencia ficción habla de la realidad de forma elíptica”, considera Aguirre. “Estados Unidos necesita confiar para querer a su padre, no creer que le gusta el escabio y las putas, necesita pensarlo impecable, le resulta más difícil entender que en ningún lado hay garantías de nada.” Los finales del mundo locales, para el historietista, se describirían como “vamos andando”. “Es eso de la improvisación”, afirma. “Si no conseguís asado de tira, comprás falda y lo hacés igual, si no conseguís soga, con un alambre emparchás dos, así solucionás instancias que para otro son terminales, pero por otro lado no nos permitimos situaciones mucho más sofisticadas”, analiza y ejemplifica: “Era muy difícil hacer ensayar a los guitarristas de la edad de oro del tango. ¿Por qué? Porque los tipos sabían todo el cancionero y tocaban demasiado bien, entonces se quedaban en casa, tomaban una cervecita y después iban y tocaban. Eso era genial, pero se llevaba puesta la parte en la que capaz, ensayando, aparecía un arreglo genial que no se te podía ocurrir en el momento y con eso engrosabas el resultado final”.
Esto, para Max, no es motivo de jactancia, sino un hecho. “Tampoco me pongo en la postura de ‘en Alemania no hay papeles tirados en el suelo’, no sé, me chupa un huevo, cada lugar es cada lugar, es al pedo transpolar idiosincrasias, Argentina tiene la suya”, sostiene y descree de los que pretenden ser ciudadanos del mundo. “Esa idea que tratan de insertarnos los que tienen plata para viajar, ser ciudadano del mundo, ¡decíselo a un tipo que vive en González Catán y con suerte viaja a Capital a laburar en una obra! Es argentino, está todo bien, y por lo mismo, nuestros fines del mundo son de acá, incluso El Eternauta, ahí los tipos que se juntan se ponen una bolsa en la cabeza para salir, no un traje de la NASA.”
La referencia a El Eternauta no suena casual. Podría describirse el fin del mundo de Control de plagas como una mezcla entre la creación de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López con la crisis argentina del 2001: lo peor imaginable sucedió (ya no en la forma de helicópteros huidizos y economía terminal, sino en la forma de bichos y espantajos de todo tipo), y en ese caos, los personajes se las arreglan para organizarse mínimamente y seguir adelante con el puchero diario. Cuando se le plantea la hipótesis a uno de sus creadores, no la desecha. “Todo lo que uno hace es deudor de lo vivido y leído, la historia no está planteada desde ese lugar, pero no tengo dudas de que viene de ahí también”, y afirma que el trabajo hecho con Jok “es mucho más cínico que El Eternauta”. Sobre la obra magna del noveno arte argentino, el historietista explica que “su tono no es cínico, sino que tiene la mirada de su autor: la primera versión es la mirada de un desarrollista y de que es la sociedad en su conjunto la que puede salvarse a sí misma, y luego tiene la mirada del militante peronista de izquierda, que también dice sus cosas, pero en ningún momento es cínica”. Max se siente en la obligación de aclarar que habla de cinismo “en el sentido más puro y filosófico, no en el menemista” del término.
Control de plagas, continúa, tiene una mirada desencantada. “Creo que el buen cinismo implica un desencanto sobre las relaciones humanas. Pero sobre todas. Una mirada desencantada verdadera, es expansiva y absoluta. Va desde cómo me llevo con mis amigos a mi mirada sobre un juez de la Corte Suprema. Porque somos todos humanos.” Y aquí, ahonda el autor, entran todos los personajes. Los que dirigen la agencia de exterminio de plagas, que siguen adelante pese a las muertes de compañeros y amigos, pese –incluso– a la sospecha de que tienen un traidor entre sus filas. Y también sus autores, aunque Max asegure que de los dos, él es más cínico. “No es que Jok no lo sea o que no tenga un humor picantón para ese lado, me parece que lo pelea más, porque es una estepa brava vivir ahí, no es un lugar donde se den bien los árboles frutales.”
La cuestión, considera Max, es seguir haciendo. Quizá por eso habrá un segundo tomo, profundizando en el misterio de la conspiración, revelando más cosas sobre el Chino y su ex y, por supuesto, con más monstruos. “A los personajes les pasan cosas terribles, de fondo hay una cosa muy dramática, muy triste, y sin embargo los tipos, sea por sobrevivir, por convicción o lo que sea, no se sientan a ver cómo se termina el mundo, ellos siguen haciendo, incluso riéndose de eso”, define. “Si el mundo nos defrauda, me empiezo a cagar de la risa, no pienso regalarme, pienso intentar por todos los medios que al menos no sea justo. Control de plagas defiende eso y la amistad, a pesar de que la interpela. Si la existencia se pone todavía peor porque aparecen monstruos... bueno, no hay para dónde irse.”

1/07/2015

"Regulación 0.75" en 365 Cómics por Año

03/ 01: REGULACION 0.75

Hoy me toca reencontrarme con el guionista uruguayo Roy, de quien ya vimos varios trabajos, y que parece estar obsesionado con el tema de la procreación. En su magnífica Vientre (reseñada el 21/03/13), Roy hablaba de una mujer que quería tener hijos y no podía, y de otra que quedaba embarazada sin haberlo buscado. Esta vez, en Regulación 0.75, nos cuenta las terribles consecuencias de tener hijos en una sociedad distópica, en la que el Estado vigila celosamente el incremento de la población y las sanciones para quienes procrean sin permiso son por lo menos drásticas.
Y si bien Roy pasa de la actualidad de nuestras ciudades y nuestra época a un futuro impreciso (no tan lejano), logra mantener el realismo: esa cuota de diálogos, gestos, actitudes que nos hacen sentir a los personajes como cercanos, como amigos o conocidos de siempre, aunque vivan en una época que no es la nuestra y en la que nosotros no querríamos vivir. Como en toda obra de ciencia-ficción, además de contar la historia es menester bajarle data al lector acerca de cómo funciona este mundo imaginado por el autor. En ese rubro, Roy la rompe, porque nos aclara todo acerca de esta distopía sin aburrirnos, sin interrumpir el flujo del relato, con gran habilidad para deslizar la información de forma muy orgánica, sin explicitar demasiado: sólo manejamos la data suficiente como para que el mundo y las aventuras que suceden en él nos parezcan verosímiles.
Regulación 0.75 es una obra cruda, violenta, sin concesiones, con protagonismo coral y con un conflicto no planteado entre buenos y malos, sino más bien entre individuos y sistema. Buena parte del protagonismo recae en los agentes del Departamento de Regulación, los encargados de hacer cumplir estas leyes tan estrictas. Y si bien los vemos cometer atrocidades indecibles, no se puede decir que sean los villanos. Por ahí hay uno medio pasado de sádico, pero Roy se esfuerza por mostrarlos, ante todo, como personas reales, creíbles, y como tales, sujetos también de este sistema inclemente, que al principio los tiene como victimarios pero en cualquier momento los puede convertir en víctimas. Creo que ese es el principal logro del guión: que nos podamos poner del lado de algunos de estos tipos a los que vimos matar y secuestrar bebés. Además, como ya es costumbre en los guiones del uruguayo, tenemos muy buenos diálogos y escenas mudas muy potentes, de alto impacto dramático.
A cargo del dibujo tenemos a la mendocina Lauri Fernández, una de las dos dibujantes que colaboraron con Roy en Vientre. Lauri ya había incursionado en la ciencia-ficción, en unas historietas cortas escritas por Federico Reggiani, que si no me equivoco se publicaron en la revista Clítoris. Acá, sin embargo, el estilo de la mendocina vuelve a mutar. Abandona un poco esa elegancia, ese fino exotismo que mostraba sobre todo en el tratamiento del claroscuro, y agarra para otro lado. En Regulación 0.75, Lauri Fernández ensaya un grafismo más tradicional, más terrenal, también, ¿por qué no?. Acá no hay magia ni lirismo: hay fuerza expresiva al recontra-palo, mucha atención por los detalles, climas espesos y bastante más machaca que en cualquier otro trabajo de la autora. Se mantiene, felizmente, el gran nivel en las expresiones faciales, y vemos una sensible mejora en un rubro que no era la especialidad de Lauri: la elección de los ángulos. El agregado de grises en el photoshop (en realidad, una tonalidad de gris azulado, muy acertada), realza mucho el dibujo, en cuyo trazo se nota un gran dominio del plumín por parte de Lauri.
Si te gusta una ciencia-ficción bajonera, cruda, con mala leche, con un planteo muy original, buenos personajes, buenos diálogos, un clima asfixiante y muy buenos dibujos, dale una posibilidad a Regulación 0.75. No sé si me pegó tan fuerte como Vientre, pero sin dudas me animo a recomendarla ampliamente, porque me pareció una historieta fuerte, osada, de gran calidad tanto en textos como en imágenes. Una frontera que -a medida que se multiplican las colaboraciones entre Roy y Lauri- se va haciendo más difícil de trazar, porque cada vez más se ve la comunión, el entendimiento, la simbiosis entre ambos autores.

Andrés Accorsi

http://365comicsxyear.blogspot.com/2015/01/03-01-regulacion-075.html

12/12/2014

"Control de Plagas" en Zona Negativa

Historietas desde Latinoamérica #45 – Control de plagas

Historietas desde Latinoamérica #45 – Control de plagas

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Control_Plagas Edición original: Control de Plagas, Mojito.
Guión: Max Aguirre.
Dibujo: Jok.
Entintado: Jok.
Formato: Rústica, 160 páginas.
“Buenas tardes, Servi Plag, pa’ lo que guste mandar”
¿Un cómic de un servicio de exterminio de plagas? Sí, efectivamente, pero no cualquier plaga. Este trabajo de Max Aguirre y Jok nos sitúa en una Buenos Aires de un futuro cercano que fue invadida por criaturas de todo tipo: hombres lobo, zombies, vampiros, hidras y un largo etcétera. Nuestros héroes, El Chino y Wang, optaron por la ocupación de exterminadores de estos “bichos” junto con dos (ya fallecidos) amigos y compañeros como muchos hacemos con cualquier otro trabajo: una tarea que está de moda y que parece ser redituable para salir del paso a una crisis económica laboral (algo de lo que sabemos bastante).
Control de Plagas, entonces, podría ser definida como una historia post apocalíptica pero es abordada de una manera no tan habitual para este género: en clave de buddy movie, anclada en el humor costumbrista con muchos toques argentinos, criollos, rioplatenses si se quiere, y atravesada por la acción que genera perseguir criaturas mitológicas, fantásticas. Un poco como Cazafantasmas, algo que los autores no sólo no evitan sino que explicitan en la primera página del cómic.
Con esta mezcla, Aguirre y Jok cuentan siete historias en ocho capítulos (una de ellas está dividida en dos partes) las cuales comienzan como una simple sucesión de casos a resolver, para luego añadirle un misterio mayor relativo a las muertes de los dos compañeros del Chino y Wang. Este se resuelve simple y directamente, al menos por el momento, porque al fin de cuentas no es lo que más interesa a los autores el generar un conflicto sino que más bien se ocupan de trabajar en el desarrollo de los personajes, buscando que el lector empatice y se divierta, a pesar de todo.
“La vida siempre fue dura, los monstruos ni la empeoran”
En efecto, la frase citada aquí arriba define la esencia de Control de Plagas, más allá de cada escena, secuencia o capítulo, tal como lo explican los mismos autores en el prólogo. La vida está llena de problemas y siempre puede ser peor (en este caso con monstruos gigantescos y peligrosos), por eso es mejor disfrutar de lo que se puede y reírse tanto como se pueda. Así lo viven estos personajes, que además de cazar criaturas sobrenaturales poniendo en riesgo su vida tienen que lidiar con cuestiones cotidianas (parejas, empleo, etcétera). Ellos aceptan sus problemas, con la resignación de saber que no queda más remedio, y los enfrentan como pueden, siempre con humor descontracturante.
Para hacernos reír los autores recurren a los chistes en medio de diálogos así como también a situaciones cómicas por lo absurdo y desubicado, como ser un cementerio para zombies de familiares que no se deciden a matarlos que funciona más o menos como un geriátrico (o, con más humor negro, un zoológico). Desde ya que las cuestiones de comedia son por demás de subjetivas, pero para quien escribe cumplen con creces con su objetivo, además de generar cierto cariño por estos personajes y sus desventuras.

Control_Plagas_interiores_01_jok_aguirre Control_Plagas_interiores_02_jok_aguirre

Por el lado del dibujo, el estilo de Jok aporta en lo que respecta a la situación relajada y cómica, siendo por demás de apropiado para el tono de la historia que están contándose. Como punto criticable, o mejorable, los dibujos del interior en blanco y negro puros no se lucen de la misma manera que en el coloreado de la portada. Desconociendo si es por motivos editoriales o decisión artística, apostaría (sin mucho riesgo, es cierto) que a todo color sería mucho mejor.
No obstante eso, el trabajo de ambos autores está más que bien al igual que la tarea en la edición de este libro, un gran trabajo del Colectivo Editorial Mojito que excede el “simple” elegir buena calidad de papel y portadas. Control de Plagas fue publicada originalmente en el blog Historietas Reales y este tomo no es una simple impresión en papel de lo ya visto en la web, sino que se le añade mucho material especial nunca visto antes, tanto en lo que es propiamente el cómic como en extras muy interesantes. Por un lado, portadillas para los capítulos a cargo del también dibujante Aguirre (lo recordarán por aquí de Zitarrosa, tal vez), que a su vez escribe textos en rima que cierran cada sección. Y para coronarlo, se compila un Tratado de Mostros y Espetros (así su nombre), en el cual una espectacular selección de escritores y dibujantes se divierten contando las historias y teorías de muchas criaturas extraordinarias. Este singular tratado engrosa al libro en unas 60 páginas de una manera más atractiva que simples pinups, sumándole verdadero contenido aunque no sea historietístico y dando ideas, quizás, para nuevas historias de Servi Plag.
Sí, por supuesto, estos personajes y su mundo dan para mucho más que lo que puede leerse en este libro, y los autores dan a entender que continuarán las aventuras del Chino y Wang. Quienes disfrutaron de este (primer) tomo, esperaremos ansiosos.

Valoración global

Guión - 8
Dibujo - 7
Interés - 7.5

7.5

Resumen: Combinando ciencia ficción post apocalíptica con acción y comedia a lo buddy movie argentina, sale este entretenido cómic de Aguirre y Jok.

11/18/2014

"Perro come perro" en marcha.org.ar

Cuentos de sangre, pólvora y muerte Por Cezary Novek.Reseña del libro de relatos de Rodolfo Santullo Perro come perro, reeditado después de casi una década por Llanto de Mudo. 
Ocho años pasaron de la primera edición del libro de relatos Perro come perro, a cargo de Artefacto. Quince desde la escritura del relato más viejo, que abre el libro. Once desde el más reciente. Hace unos meses, la editorial cordobesa Llanto de Mudo volvió a lanzar a las calles este breve y contundente conjunto de relatos de policiales a los que el paso del tiempo no les ha hecho ni cosquilla.
La experiencia de lectura -que puede durar unas dos horas de reloj- obliga a no apartar la vista hasta la llegada de los créditos de impresión. Así de vertiginosa es la narrativa de lo que se podría llamar un “Santullo temprano”, que se desenvuelve con comodidad en una prosa simple pero irascible, plagada de violencia y crueldad desde la primera hasta la última página.
Las comparaciones con el cine -por odiosas que sean siempre- son obvias pero necesarias: Guy Ritchie, por el ritmo narrativo que no deja respiro; Tarantino, porque hay situaciones, diálogos y guiños al estilo; y Sam Peckinpah, por la brutalidad con las que se resuelven muchas historias, el humor negro y el paisaje estéril del desierto (la ambientación de los cuentos siempre termina dando sed, no en vano el texto de la contraportada firmado por Alejandro Farías define su voz como “seca y descriptiva”), en el cual la única salida es a los tiros y nunca termina bien. Se puede decir sin exagerar que es un cóctel de explosivos de diferente procedencia. Santullo es cualquier cosa menos amable con sus personajes. Por el contrario, pareciera que fuese un demiurgo con ganas de complicarles la vida hasta más allá de la desesperación sin perder la verosimilitud.
Volviendo a la mención de Bloody Sam, el protagonista del primer cuento recuerda un poco al Bennie que encarnó Warren Oates en Tráiganme la cabeza de Alfredo García (1974), porque es un perdedor que hasta el último momento es incapaz de disimular su naturaleza sensible y caballeresca. El cuento llamado “La cuarta tumba” también contiene un guiño acerca del cuerpo que se pasea de un lado al otro y por el recurso del McGuffin. Pero no es una versión en prosa de Peckinpah. Santullo tiene una voz sencilla pero propia, que borda con naturalidad historias colmadas de traiciones, venganzas, ambiciones peligrosas y, sobre todo, sed. De sangre, por supuesto. Especialmente sangriento es el último relato del libro -que se llama igual que el conjunto, “Perro come perro”- en el que un periodista es invitado a presenciar una riña de perros en la estancia de un poderoso Don que piensa resolver cuestiones pendientes con un par. Es inútil contar más sin caer en el spoiler. Aunque por momentos -insignificantes- uno cae en la cuenta que es una obra primeriza o que muchas veces, en alguno de los cuentos (especialmente, el primero) se cae en la comparación constante o en algún que otro cliché, es un libro que probablemente se vuelva a editar dentro de diez años porque tiene ese curioso equilibrio entre energía y solidez que caracteriza a los clásicos.
Merece ser destacada la ilustración de portada -a cargo del dibujante oficial de Llanto de Mudo, Nicolás Sánchez Brondo- que muestra a un Rottweiler dispuesto a atacar sobre un fondo rojo que puede llamar la atención a media cuadra de distancia. El gesto carnicero y despiadado del can representa a la perfección la voz narrativa de Santullo en estos relatos breves.
Rodolfo Santullo es un escritor, periodista y guionista uruguayo nacido en México en 1979. Fue editor de historietas (está al frente de Grupo Belerofonte), ha ganado premios y distinciones de diferente índole. Resumir su currículum es difícil, ya que es un autor de los más prolíficos que hay en actividad. Ha publicado la novela Las otras caras del verano(Amuleto, 2008, en colaboración con Martín Bentancor, que ganó la mención de honor en el Concurso Literario Municipal 2002); el libro de cuentos Perro come perro (Artefacto, 2006), la novela Cementero Norte (Trilce, 2009, ganadora en los Fondos Concursables para la Cultura 2008), la novela Sobres Papel Manila (Estuario, 2010, Segundo Premio en el Premio Anual de Literatura del MEC 2009), la novela Aquel Viejo Tango (Estuario 2011, en colaboración con Martín Bentancor), El último adiós (Ediciones de la Banda Oriental, 2013) y Matufia (Estuario, 2014) Colabora como periodista en diferentes medios gráficos. Desde 2010 es colaborador de revista Fierro. Ha publicado las novelas gráficas Los últimos días del Graf Spee, Cena con Amigos y Acto de Guerra.

11/11/2014

"Inspector Bull" en 365 Comics por Año

10/11: INSPECTOR BULL

Esta es una historieta originalmente realizada para Italia entre 1989 y 1990, aproximadamente. Algo se había visto en la efímera revista Hora Cero de Ediciones de la Urraca y años más tarde Perfil había reunido seis episodios en un número de 45 Toneladas. Pero esta es la primera vez que se editan todos juntos y en castellano los 13 episodios que componen este clásico del inolvidable Carlos Albiac y el siempre vigente Horacio Lalia, una dupla que para fines de los ´80 estaba muy afianzada, con varios y muy buenos trabajos previos en su haber.
Cada uno de los 13 episodios plantea y resuelve un enigma policial, en el que el Inspector Bull debe aguzar de su ingenio para encontrar e interpretar pistas que lo lleven a resolver los crímenes. No hay demasiado espacio para el desarrollo de Bull como personaje, más allá de algunas sutiles pinceladas que tira Albiac para contraponer a un tipo duro en la profesión con un tipo sensible en su relación con la mujer a la que corteja. Quizás el rasgo más interesante que nos permite separar a Bull de los otros clásicos detectives de la Londres de muy principios del Siglo XX sea que a este policía no le salen todas bien. Casi siempre gana, pero también empata y pierde. Muchas veces no logra impedir un asesinato, o no llega a tiempo a meter en cana al asesino, que muere de alguna manera casi siempre sorprendente.
Los casos están muy bien pensados, son muy distintos entre sí y las pistas no aparecen por milagro. Con el correr de los episodios, uno ya empieza a tomarle el pulso a Albiac y anticiparse a Bull en la resolución de los misterios, lo cual significa que las pistas están puestas desde el principio por el guionista, no las saca de la manga cuando se le acaba el episodio y tiene que cerrar el caso.
Los diálogos son muy formales, muy protocolares, porque estamos hablando de la Inglaterra victoriana y de casos que generalmente involucran a gente de los estratos sociales más altos. Rara vez se filtra en los diálogos algún chascarrillo, aunque la ironía tan típica de los guiones de Albiac suele estar presente, generalmente en los episodios con desenlaces trágicos. Y también hay otro rasgo frecuente en los guiones de Albiac, que son las ideas sumamente visuales, pensadas para que se luzca el dibujante, para que la imagen cargue con el peso de la narración y el el texto resigne preponderancia. Casi todos los episodios tienen secuencias mudas, muy impactantes y además importantes para el desarrollo de las tramas. Eso es algo que Albiac siempre hizo muy bien y que no muchos supieron valorar en su momento, quizás porque estaba de moda una historieta más hablada, con más protagonismo para la palabra, en la que el bloque de texto (a veces farragoso, a veces redundante) era un recurso del cual los guionistas abusaban más que Nik del copy-paste.
Por el lado del dibujo tenemos a un Horacio Lalia inspiradísimo, capaz de darle vida, onda e identidad a muchos personajes distintos, magistral en la reconstrucción de la época, en el manejo de la referencia fotográfica, en las expresiones faciales y en su especialidad de toda la vida, que son los climas ominosos, en los que siempre acechan el horror y la muerte. Pero claro, acá también se ve el problema que tienen todos los trabajos de Lalia: los tropiezos notables en la planificación de la página. No menos de dos veces por episodio, el ritmo del relato se frena porque el lector se pierde en un laberinto del terror, en el que uno nunca sabe cuál es la siguiente viñeta que tiene que leer. A veces Lalia suple esta falencia con el recurso desesperado de la flechita, y otras veces deducir en qué secuencia hay que leer la página es más difícil que resolver los casos que investiga el Inspector Bull. Un globo de diálogo mal ubicado, una viñeta más larga que las dos de al lado, un inset puesto donde no iba, pueden hacer muy complicada la lectura de una secuencia y eso es lo que sucede muchas veces a lo largo de este libro y lo que empaña la encomiable labor de Lalia al frente de la faz gráfica.
Más allá de esto, Lalia y Albiac son palabras mayores cuando hablamos de historieta argentina clásica y acá lo demuestran sobradamente. Las aventuras del Inspector Bull son verosímiles, atrapantes, dramáticas y felizmente no perdieron vigencia con el paso de los años, con lo cual me parece que incluso el lector virgen de Albiac y Lalia las va a poder disfrutar.

Andrés Accorsi

10/25/2014

"Malandras" en Página 12

espectaculos
Sábado, 25 de octubre de 2014
HISTORIETA  › EDICION RECOPILATORIA DE MALANDRAS, DE RODOLFO SANTULLO Y DANTE GINEVRA

Historia infame en cuadritos

La dupla muestra a habitantes del submundo criminal: comisarios corruptos, ladrones, mafiosos y, también, militares que arreglan golpes de Estado entre asado y copas. Malandras se ambienta en Buenos Aires, en 1955, poco antes del bombardeo a Plaza de Mayo.

 Por Andrés Valenzuela
Cuenta el guionista Rodolfo Santullo que, mientras publicaba con Dante Ginevra Malandras en la revista Fierro, había que disimular la idea de la dupla de construir una historia de largo aliento. Los editores, explica, les habían pedido “unitarios”. Historias cortitas para ir mechando entre número y número, porque de series la revista ya estaba cargada y mejor ofrecerle al lector algo autoconclusivo. Santullo y Ginevra hicieron lo mejor que saben los autores de historieta: cumplieron con el pedido de los editores mientras hacían lo que querían. Para cuando los personajes recurrentes eran indisimulables y se adivinaba la urdimbre detrás de cada “historia” separada, ya era tarde: los lectores celebraban la nueva dupla. Y los editores también.
En Malandras, Santullo y Ginevra cuentan la historia de distintos habitantes del submundo criminal: comisarios corruptos, chorros, piringundines de mitad de siglo XX, rateros de poca monta, mafias que se pelean por una calle más o menos de negocios y acaso los más siniestros: militares que arreglan golpes de Estado entre asado y copas, en quintas de gente bien.
Como habrá intuido el lector de esta reseña, Malandras se ambienta en Buenos Aires, en el año 1955 y pocos meses antes del bombardeo a Plaza de Mayo, perpetrado por la autodenominada Revolución Libertadora. No es la primera vez que los autores se meten a hacer historieta histórica vinculada con los períodos más infames de la vida pública argentina, pero es la primera vez que lo hacen juntos. Santullo es uruguayo/mexicano, pero publica seguido en la Argentina (entre muchos otros, ahí anda su Zitarrosa, junto a Max Aguirre), y de la extensa trayectoria de Ginevra conviene recordar para el caso que también le puso dibujos a la notable adaptación de Los dueños de la tierra, junto a Juan Carlos Kreimer.
El caso, sin embargo, no tiene un abordaje documental sino ficcional, aunque tiene mucho de verídico (dice Santullo que es gracias al aporte de su “consultor oficial en asuntos argentinos” Max Aguirre), sobre todo en los conjurados para el derrocamiento de Perón y en el circuito tanguero suburbano. La otra pata del encanto la aportan las tramas secundarias, esas distracciones para editores que los autores desgranaron: el amor puerta a puerta entre milonga y cabaret, las mafias italiana y rusa enquistándose en el territorio, el comisario irreductible en su vileza.
Como equipo creativo y pese a ser su primer trabajo conjunto, la dupla resulta muy aceitada. Santullo aporta su habitual solvencia para urdir tramas, proponer diálogos creíbles y manejar con habilidad los tiempos del relato. Ginevra, en tanto, demuestra que tenía todas las ganas del mundo de publicar en la revista. Deja lo mejor de sí en cada página, en un período en que –si se coteja con su bibliografía– hacía malabares entre cantidad de proyectos. El trazo suelto, la línea expresiva y cierto tono caricaturesco en los dibujos se entremezclan con una narrativa ágil, pensada para presentar la historia antes que para el firulete altisonante. El trabajo es sólido al punto de que es fácil pasar por alto el hecho notable de que Ginevra establece clima de época casi sin fondos ni decorados. Le bastan la ropa de los personajes, algún objeto, una tapia a media luz. Cuando necesita más, ahí sí recurre a elaborados portones del siglo pasado, automóviles y planos generales.
A modo de yapa, la edición recopilatoria de Malandras, por Historieteca Editorial, incluye un capítulo extra donde redondea una de las líneas argumentales de la trama, no incluida en su publicación original en la revista Fierro.

9/08/2014

"Palabra" en la diaria



Imagen y palabra
Desde el momento en que la escena historietística uruguaya está pautada por proyectos de marcada orientación editorial cabría pensar que el panorama se ha vuelto un poco conservador. Y se puede agregar que de alguna manera está bien que algo así suceda, no sólo porque otros encares del pasado, como la vía más fanzinera, la vía más under o contracultural, fallaron –de diversas maneras, y sin que esto quiera decir que no produjeron logros estéticos de tremenda importancia– en establecer una pauta creciente y evolutiva de producción, distribución y visibilización de las historietas, cosa que editoriales como Belerofonte y Dragón Comics están, notoriamente, logrando en este momento. Sus editores, por decirlo de alguna manera, pensaron también como hombres y mujeres de negocios: apostaron por productos dominados por una estética de la comunicación inmediata, la buena factura narrativa y gráfica y, un poco de la mano de iniciativas gubernamentales como los Fondos Concursables, cierto ímpetu de referirse a temas muy presentes en el imaginario público uruguayo, temas, digamos, “singificativos”. O, dicho de otro modo, el enfoque más orientado a las editoriales favoreció las historietas que hacen de lo estrictamente narrativo y de un arte siempre referencial un valor central. 
 
En esta línea de lectura de la escena historietística local, un libro como Palabra, de Sebastián Santana, adaptación de cinco cuentos de Henry Trujillo, llama la atención de inmediato. Publicado por Belerofonte y financiado por los Fondos Concursables, es, de manera bastante evidente, un título atípico en el prolijo catálogo de la editorial.
 
El primero de los relatos incluidos, basado en el cuento “La fuga”, es probablemente la pieza más narrativa del libro, una historieta silente que parece evocar la estética de la ilustración y la historieta de las últimas décadas del siglo XIX, algo cercano, digamos, al dibujo de The Yellow Kid.
Sigue una adaptación del cuento “Quasimodo”, en una bellísima estética art nouveau en el límite entre la historieta propiamente dicha y la narrativa ilustrada, con una fuerte impronta de los libros para niños de las primeras décadas del siglo XX. A continuación, el cuento “La madre Josefina y el Niño Jesús” le permite a Santana despacharse la mejor sección de su libro, una poderosa recreación en viñetas que evocan grabados y se acercan a la estética de algunas publicaciones asociadas a la Iglesia Católica a mediados del siglo pasado, adecuadamente vinculadas a un relato sobre milagros aparentes y odio. Aquí la narrativa está apoyada, más que estrictamente en las viñetas, en el texto dispuesto por Santana, pero la dimensión del relato por momentos cede (o, mejor, se nutre o dialoga) ante la fuerza expresiva de la tipografía, otro de los grandes aciertos de esta sección.
 
Acaso el momento más arduo del libro es la sección siguiente, que reconstruye el cuento “La mancha” con una estética desoladora e inquietante en la que tipografía, rotulación y texto se funden con el dibujo propiamente dicho para armar páginas cuya dificultad de lectura es, sin duda, parte de la experiencia de confusión y desorientación que hace a la historia narrada. Esta suerte de “poética de la forma expresiva” (para parafrasear al Umberto Eco exégeta de James Joyce) está también entre los momentos más interesantes y valiosos del libro de Santana.
 
La última sección, basada en “Gato que aparece en la noche”, está armada como un collage un poco a la manera de ciertas zonas de la producción de Dave McKean, incluyendo fotografías, texto en diversas tipografías y dibujos en apariencia descuidados o viscerales; tampoco aquí encontramos “historieta” en el sentido más clásico del término, con viñetas secuenciales y diálogo; de hecho, parece operar en la sucesión de secciones una suerte de dispersión de esa idea o concepción de lo historietístico, lo cual –además de la apelación a la historia de la historieta o la ilustración tan claramente presente en el orden de las secciones, especialmente las tres primeras– aporta una lógica (a su manera narrativa también) a la yuxtaposición de las secciones.
 
Palabra, entonces, merece ser considerado uno de los libros más interesantes publicados en los últimos años por una editorial uruguaya especializada en historieta. Así, y siguiendo la línea del primer párrafo de esta reseña, el libro de Santana enriquece notoriamente el panorama historietístico y ofrece una suerte de bastión de resistencia de una manera de hacer historieta, más experimental, si se quiere y, ante todo, más arriesgada, que sirve de contrapunto y complemento a la vertiente más narrativa y convencional. Ambas, entonces, hacen a la buena salud de la historieta uruguaya más reciente.
 
Es imprescindible, por último, mencionar el prólogo escrito por Horacio Cavallo, indudablemente uno de los escritores más importantes de la nueva literatura de nuestro país. Además de ofrecer una atenta descripción de las diversas estéticas movilizadas por Santana, Cavallo hace una lectura muy interesante de algunos de los acápites musicales de las secciones –en el orden del libro: “Push the sky”, de Nick Cave & The Bad Seeds; “Canción del vagabundo en Navidad”, de Darnauchans; “Muchacha campesina”, de Zitarrosa; “I see a darkness”, de Bonnie “Prince” Billy (Will Oldham); y “Tres deseos”, de Pequeña Orquesta Reincidentes– y, especialmente, ensaya una valoración de la obra de Henry Trujillo como la de un escritor que “marcó tempranamente a nuestra generación con su prosa” (p.8). Esa “generación” es la de Cavallo y Santana (ambos nacidos en 1977), pero podríamos extenderla, por supuesto, a la de tantos escritores nacidos más o menos por esas fechas (Rodolfo Santullo, Pedro Peña, Fernanda Trías, etc), y sería interesante buscar las marcas de las que habla Cavallo (que las propone como vinculadas a la “prosa” más que a otras dimensiones posibles como la anécdota, la ética del escritor, la relación entre relatos e ideas, todos elementos fundamentales para entender la interacción entre la obra de Levrero, por dar un ejemplo de indudable relevancia, y la producción de los escritores nacidos después de 1973) como manera de establecer vínculos de lectura y escritura entre la generación de Cavallo y la inmediatamente anterior, la de Henry, Peveroni y, acaso también, Rehermann, Hamed y Espinosa.
Publicada en La Diaria por Ramiro Sanchiz el 2 de julio de 2014

9/04/2014

"El club de los ilustres: Conspiración en las sombras" (en buena compañía) en la diaria



Humor, Lovecraft y Batlle y Ordóñez

 
Este año la zafra de historietas (por llamar de alguna manera a ese primer momento del año en que, en torno a la convención Montevideo Comics, son lanzadas nuevas historietas al mercado) dejó dos libros que hacen del humor una parte fundamental de su propuesta. Se trata de El club de los ilustres – Conspiración en las sombras, de Rodolfo Santullo (guión) y Guillermo Hansz (arte), y de Zombess – El orbe del conocimiento, de Abel Alves (guión y arte), y ambos proponen nuevos relatos en series ya establecidas. 
 
En ese sentido, el libro de Santullo y Hansz ha de entenderse como una secuela directa de El club de los ilustres, publicado en 2012. Las mismas coordenadas de ese libro fundador de la saga aparecen en la segunda entrega, aunque para esta ocasión el guión deja un poco de lado los elementos más steampunk (corriente narrativa y estética originada en la ciencia ficción y basada en una extrapolación de la tecnología del vapor en la era Victoriana) e introduce un nuevo enemigo, cuya irrupción en el 1914 de ese Uruguay delicadamente alternativo (en el que Varela no murió en 1879 ni Delmira Agustini en el año en que transcurre este relato, y ambos –junto a Horacio Quiroga– integran un equipo de agentes secretos o, si se quiere, superhéroes) motiva el regreso a Montevideo de Quiroga y la reagrupación del equipo. 
 
En ambos libros es fácil la simbiosis entre el guionista y el dibujante; a un guión bien aceitado, con una narración fluida y un amplísimo panorama de guiños a la narrativa y la historieta de aventuras y superhéroes (por ejemplo, en la página 15 encontramos a Batlle y Ordóñez jugando al ajedrez con Lorenzo Latorre, villano del libro primero, como si fuesen Magneto y Charles Xavier, de X-men) se suma el impresionante talento de Hansz para el humor gráfico y los gags visuales. Su estilo, además, limpio y preciso, en la mejor tradición de Francisco Ibáñez (Mortadelo y Filemón), brilla por sí mismo en algunas de las mejores páginas del libro: la 14, la 39, las 42-43, con su reconstrucción de la batalla de Masoller, las 76-77 y la 78.
 
Conspiracion en las sombras es, en definitiva, un excelente añadido a la creciente (y sobria: Santullo evita la tentación de barroquizar su saga en una acumulación de referencias y elementos de historia alternativa, decisión que lo aparta saludablemente del modelo extremo de Alan Moore en La liga de caballeros extraordinarios) mitología de los Ilustres, ahora también con Luis Alberto de Herrera en la nómina de agentes.
La zombi sobre Innsmouth
El gallego Abel Alves es, sin duda, uno de los creadores más interesantes de la nueva escena historietística uruguaya. Como dibujante acierta siempre, en parte porque es evidentemente consciente de sus limitaciones y sus posibilidades –lo que no le ha impedido seguir creciendo–, y como guionista es capaz de trabajar cómoda y atinadamente en registros y tonos tan variados como los que encontramos en la historieta Sangre y sol (que cuenta con arte del entrerriano Nahuel Silva), el relato corto “Mañana empieza el otoño” (en el compilado Otoño, editado por la Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas) y, por supuesto, la serie de Zombess. Como en el caso del segundo libro de El club de los ilustres, aquí las coordenadas son las mismas que dominan a la serie: humor, páginas con un remate gracioso en la última viñeta, referencias a la cultura geek, el cine de culto, los juegos de rol, el anime y, en particular, a las obras de H.P.Lovecraft y sus Mitos de Chutlhu. En el universo de Alves, eso sí, Cthulhu es Cthurro y el terrible Necronomicon es un libro “salido” (dirían los españoles) obsesionado con las tetas, pero estos detalles no empañan el hecho de que Alves se demuestra un gran conocedor de la narrativa de Lovecraft, en tanto esta nueva entrega de Zombess funciona perfectamente (humor al margen ahora) dentro de la lógica de todas los relatos lovecraftianos, en los que la amenaza del retorno de los terribles dioses primigenios está a punto de estallar (y cambiar la faz de la Tierra por lo tanto) pero es, eventualmente, disipada o, mejor dicho, postergada
 
Un añadido especialmente interesante a este libro aparece en las páginas 62-64, en las que el arte queda a cargo de Matías Bergara, uno de los dos o tres dibujantes más importantes de la nueva historieta uruguaya. El pretexto narrativo es que los personajes atraviesan un portal que los conduce al “Caos”, una suerte de dimensión paralela a la que ha sido arrojado Cthurro y en la que se enfrenta a la principal antagonista –en este libro al menos– de los personajes de la serie, generando un contraste especialmente vívido entre el arte trabajado en grises y tremendamente expresivo de Bergara y el dibujo estilizado y divertido de Alves. Vale la pena, además, destacar la cuarta viñeta de la página 64, en la que Bergara incorpora una impresionante referencia gráfica a animaciones como Dragon Ball.
Tanto Zombess – El orbe del conocimiento como El club de los ilustres – Conspiración en las sombras hablan, y con elocuencia, de la buena salud de la escena historietística local. Es de esperar entonces que estas series continúen (ambas, cada una a su manera, juegan a dejar en vilo al lector con sus últimas páginas) y que el panorama siga desplegándose en esta pauta de variedad y buen hacer crecientes que viene dándose desde hace ya unos buenos seis años.
Publicado en La Diaria por Ramiro Sanchiz el 11 de julio de 2014

8/28/2014

"Los pasajeros perdidos" y "Regulación 0.75- La Dádiva" en la diaria



Explorando mundos
La más nueva historieta uruguaya no abunda especialmente en trabajos de ciencia ficción y fantasía. Habría que nombrar, en todo caso, a Dengue, de Rodolfo Santullo y Matías Bergara, que apuesta por una ciencia ficción más bien estilizada, ambientada en un futuro muy cercano y derivada en un relato más bien de corte policial, y a Grimorio del plata, con guión de Martín “MaGnUs” Pérez y arte de varios dibujantes, que retoma elementos de la fantasía oscura y el terror sobrenatural y los presenta en un contexto narrativo localista. 
 
Sin embargo, en la última entrega de historietas (las presentadas en torno a la convención Montevideo Comics) aparecieron dos libros que llamaron la atención por su calidad y su manera de acercarse a los géneros arriba mencionados. Así, Regulación 0.75 – La dádiva, de Pablo “Roy” Leguisamo (guión) y Lauri Fernández (arte) remite a la ciencia ficción distópica mientras que Los pasajeros perdidos, de Zgabros (Gabriel Ciccariello) se instala cómodamente en el ámbito de la fantasía con un toque de ciencia ficción, o, acaso, en ese lugar intermedio entre esos géneros que tanto y tan bien trabajara en su momento Roger Zelazny (Tú el inmortal, Una rosa para el Eclesiastés, El señor de la luz, Criaturas de luz y tinieblas).
Pasajeros en trance
Ciccariello no es para nada un recién llegado a la escena historietística. Fue uno de los fundadores de la editorial Grupo Belerofonte, hace más de diez años, en la que se desempeñó como diseñador además de aportar un excelente relato de fantasmas para el libro Monstruo. También publicó en revistas como Freedonia, Freeway, la vieja Quimera y, más recientemente, en las antologías Verano y Otoño, de la Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta (AUCH). De hecho, su aporte a Verano, “La cantera” es sin duda uno de los mejores relatos gráficos publicados en Uruguay en los últimos cinco años.
 
En Los pasajeros encontramos un mundo fantástico creado con gran economía de medios a la vez que haciendo gala de una notoria amplitud de referencias. Propone una aventura de un grupo de investigadores especializados en “casas embrujadas, mundos paralelos y portales al infierno”, quienes, al inspeccionar una mansión ubicada en una isla (en una laguna habitada por monstruos marinos y rodeada por bosques donde viven gigantes), acceden a un mundo en peligro de extinción. El dibujo de Ciccariello aquí parece aproximarse a un mínimo de trazos y a un máximo de expresividad; a la vez, la dinámica de la narración y la solución de buena parte de sus viñetas (ejemplos: las páginas 26, 31, 41, 56 y 66) es sencillamente brillante, por no señalar que todas las viñetas en que vemos la laguna y el bosque por la noche (páginas 9-15 y 65-69) son increíblemente sugerentes.
Un mundo feliz
Pablo “Roy” Leguisamo, por su parte, viene consolidándose como uno de los guionistas más interesantes de la nueva historieta uruguaya, y definitivamente uno de los más prolíficos. El de Regulación probablemente no sea su mejor guión hasta la fecha, pero el libro llama la atención a primera vista por el excelente trabajo de la dibujante Lauri Fernández, con quien Roy ya había compartido autoría en la excelente novela gráfica Vientre
 
La narración, en cualquier caso, es en general prolija, con algunos aciertos a tener en cuenta, por ejemplo la división en cuatro líneas del relato entre las páginas 33 y 43. La anécdota ofrecida apunta hacia una distopía en un futuro relativamente cercano y, si bien no aporta tratamiento o ideas sorprendentes para la tradición narrativa en la que se inscribe o para lo complejo del tema, definitivamente redunda en un mundo bien explorado. Hay ecos del cuento “The pre-persons”, de Philip Dick, en el que se lleva a un extremo la lógica de los partidarios al aborto (y ya en su momento el gesto de Dick, que todavía hoy va a contramano de cierto pensamiento progresista, ofendió a escritoras de ciencia ficción vinculadas a varios feminismos, entre ellas Joanna Russ y Ursula K. LeGuin) y se propone un mundo en el que el aborto es legal hasta los tres años. En el caso de la ficción de Roy esta idea va claramente vinculada al tema del control de natalidad en un mundo superpoblado y con escasez de recursos. En el mundo planteado por Roy el derecho a procrear puede ser comprado y vendido, con un máximo de dos hijos por pareja, escenario cuya transgresión activa la trama. Roy, entonces, escribe una distopía de corte humanista, bradburiana digamos, con un final un poco más amargo de lo que cabría esperar en esas coordenadas pero en modo alguno forzado.
 
Regulación fue publicada originalmente por entregas en el blog colectivo Marche un cuadrito; su aparición en forma de libro viene de la mano del colectivo editorial Mojito, integrado por las editoriales uruguayas Dragoncomics (en la que Roy es editor y fundador), Estuario y Grupo Belerofonte, además de la argentina Loco Rabia. También a Mojito se debe la edición de Los pasajeros perdidos, aunque en su caso la publicación fue derivada del Primer Premio Nacional de historieta, del que participan además la fundación Lolita Rubial y el Museo del Humor y la Historieta Julio E. Suarez “Peloduro”, de la ciudad de Minas.
Experimentos profesionales
Es interesante leer las actas del jurado y el prólogo del libro, en el que se explicitan las virtudes encontradas en la propuesta de Ciccariello. El jurado, integrado por Roy, Rodolfo Santullo, Marcos Vergara, Alejandro Farías y Beatriz Leibner, destacó lo “profesional” de la obra y su “idea bien llevada”, además de referirse al dibujo como “experimental, poético y original”. Lo que interesa acá, entonces, es la manera en que esos elementos son presentados como virtudes y como esa presentación habla de la línea estética preferida en el contexto de edición de historietas uruguayas actual (en el que Mojito, claramente, reúne a las dos propuestas editoriales más viables). 
 
Reconocer que la “idea bien llevada” sea una virtud parece trivial, pero no lo es en modo alguno el énfasis (se repite el término en las actas y en el prólogo) en lo de “profesional”. Desde las editoriales más importantes de la escena historietística uruguaya contemporánea, entonces, se privilegia lo “profesional” en una obra, eso mismo que desde otras áreas, entre ellas el lado levreriano de la narrativa más reciente, va asociado a cierta idea del escritor inauténtico. Quizá esas ideas –levrerianas en el sentido de que Mario Levrero las hizo explícitas en varios momentos de su obra y que fueron claramente heredadas o repetidas por buena parte (no la totalidad, aclaremos) de sus seguidores inmediatos– sí aparecían con más claridad en la generación inmediatamente anterior a la de Santullo, Ciccariello y Roy (por nombrar a los implicados en este libro, jurados y creador), más dada al gesto under y contracultural. El cambio desde ese modo de pensar y formatear la escena historietística local (así como la relación del creador con su medio y con los lugares de poder de ese medio) hasta el visible en estas últimas publicaciones y editoriales es interesante en sí mismo y un eje posible de una historia del comic uruguayo de los últimos veinte años.
 
Es llamativo también el término “experimental”, con el que este reseñista se permite disentir. Los pasajeros perdidos es más el tipo de obra que reúne modos de expresión diversos y provenientes de varias tradiciones y los canaliza en una propuesta limpiamente definida, tratándolos como elementos ya consagrados por el uso, como elementos de un lenguaje, que una obra “experimental”. Este último término parecería implicar, entonces, un componente mayor de riesgo, de fallo potencial, de negación deliberada y violenta, si se quiere, de ciertas tradiciones consagradas o canónicas. 
 
Quizá un rótulo preferible sería “diferente”. Los pasajeros perdidos, entonces (el más valioso de los libros reseñados acá y seguramente entre los mejores del año), puede cómodamente ser presentado como una obra “diferente” en el contexto de la historieta uruguaya, y en esa diferencia –que habla bien de las editoriales que la proponen, incluso cuando los programas estéticos de sus fundadores y editores vaya por otros caminos– hay muy bienvenida pauta de variedad, de riqueza. 
Publicada en La Diaria  por Ramiro Sanchiz el 28 de agosto de 2014

5/29/2014

"Zitarrosa" en Diario Folk


Zitarrosa: un cómic con un superhéroe nada convencional

26/05/2014 - Fernando Marinelli

Para delinear un retrato sobre la obra y la personalidad de Alfredo Zitarrosa, “el Gardel uruguayo”, el guionista de la misma nacionalidad, Rodolfo Santullo y el dibujante argentino Max Aguirre - dueños ambos de una nutrida trayectoria en sus respectivas especialidades- eligieron un formato poco convencional: el cómic.
Zitarrosa
Zitarrosa murió el 17 de enero de 1989. Según el parte médico, de peritonitis. Según la leyenda, de tristeza. Sus necrológicas lo describieron como “un símbolo de la canción uruguaya en el mundo, un maestro y abanderado de la generación del ´60 en la música popular y un clásico que entró en la historia de la música latinoamericana”.
Como ninguno de los autores conoció al artista, salvo a través de los discos que escuchaban sus padres, recurrieron  a testimonios y anécdotas de vida de personas más o menos cercanas a la figura del cantautor, las ficcionaron para llenar los huecos que esos relatos dejaban vacíos y les dieron forma de viñetas. Así, pergeñaron un volumen que está tan lejos de ser biográfico como hagiográfico, pero que resulta tan ameno y atractivo que se lee de un tirón.
A través de ocho historias delineadas con trazo severo pero emotivo, los autores van armando un puzzle donde se filtran datos históricos breves pero precisos  y se cuelan naturalmente las letras de las canciones más recordadas de Zitarrosa. Un puzzle que, pese a su síntesis y arbitrariedad, termina por desvelar todas las facetas de la compleja y múltiple personalidad del protagonista.
Allí están el cantor de la voz grave, el gesto adusto y el infaltable traje negro; el militante comunista que -como corresponde- se afilió y desafilió al partido; el fumador empedernido; el bebedor de whisky; el exiliado político; el artista que era capaz de cantar gratis pero le pagaba a los músicos de su bolsillo.
Hay también un capítulo curioso que retrata la entrevista que Zitarrosa le hizo a su compatriota, el escritor Juan Carlos Onetti, durante su paso por el  periodismo. Y otro de gran fuerza dramática, dedicado a una presentación en el exilio en la que Zitarrosa canta sobre imágenes de la dictadura militar uruguaya.

5/28/2014

"Far South" en Zona Negativa

Historietas desde Latinoamérica #24 – Reseña: Far South

 
Edición original: Far South (Ediciones Puro Comic).
Guión: Rodolfo Santullo.
Dibujo: Leandro Fernández.
Formato: Rústica, 72 páginas.

 
Un fenómeno común en la actualidad del cómic estadounidense es el de los autores que deciden dejar (momentánea o definitivamente) los trabajos de propiedad de las editoriales para enfocarse en los proyectos propios de los cuales mantendrán los derechos en su posesión.
Esta misma situación es trasladable a los autores latinoamericanos con similares características, pero no idénticas. Al hecho de trabajar con propiedades de otros, mayoritariamente de las corporaciones que manejan a las dos grandes, se le añade el punto de no publicar su obra en su propio país de origen.
Uno de los representantes de estas situaciones es Leandro Fernández, quien ha dedicado años de experiencia al trabajo en el exterior (principalmente en los Estados Unidos, en títulos como The Punisher, New Mutants o Northlanders) que ha llegado a Argentina por vía de la importación o como máximo ha visto reediciones locales. “Después de muchos años de hacer diferentes historietas, me dieron ganas de dibujar algo conectado con mi cultura, con lo que me resulta cercano, algo que pudiesen leer mis vecinos, mis amigos”, contó en una entrevista para Rosario/12. Con esta motivación, y también con la de hacer un cómic por puro gusto junto a Rodolfo Santullo, surgió Far South.
Respecto a este último, quizás ya no necesite presentación al ser un nombre muy repetido en esta sección por sus tareas como guionista (en Argentina o en donde reside, Uruguay) como por su trabajo de editor de Grupo Belerofonte. Como referencia adicional, Zitarrosa es una de sus obras que fuera comentada en Historietas desde Latinoamérica.
Resulta un poco curioso que el cómic de un argentino y un uruguayo, publicado originalmente en esta zona, tenga un título en inglés. Se trata de un juego de palabras intencional con el cual se refiere por un lado al género del western, que es parte esencial de la historieta, y por otro al sur desde donde se publica visto desde la perspectiva de aquel norte que nos legara las historias del Lejano Oeste.
El título no pretende situarnos en el punto geográfico del lejano sur extremo que sería la Patagonia; de hecho, no se especifica un sitio concreto donde se ambienten la historieta y puede ser casi cualquier punto del amplio terreno rural que se extiende formando las llanuras pampeanas, abarcando todo Uruguay y el centro-este de la Argentina (o tal vez más allá, si se quiere), dado que se trata de una porción de territorio que en gran medida comparte un pasado, una cultura y unas características geográficas.
El lugar preciso no es relevante, sino que lo importante son las historias que se desarrollarán en este entorno y forman este libro. El centro de este microuniverso es La Pulpería de Montoya; por si cabe aclararlo, una pulpería es una tienda típica de los comienzos del siglo XX de esta región, que funcionaba como un punto de reunión social, cultural. Esta misma función cumple para Far South, siendo el sitio de encuentro de todos los personajes que circulan por sus historias.
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Inicialmente, en la primera mitad podríamos decir, el lector se encontrará con historietas breves y autoconclusivas, en la que sólo se repetirán el escenario de la pulpería y quien la atiende, y uno que otro personaje no muy importante. A lo sumo se encontrarán referencias a la historia previa, un poco a la manera en que lo hiciera Frank Miller en Sin City (que también tenía un bar como un punto de encuentro).
No obstante, inadvertidamente Santullo convierte a lo previo en capítulos de una historia grande, que concluye en un episodio más extenso que ocupa la segunda mitad del libro casi completa. De esta manera, esas primeras historietas breves son en verdad introducciones al mundo y sus personajes que, mientras cuentan historias cortas, sentarán las bases para una narración mayor.
Además del sitio de reunión que es La Pulpería de Montoya, los cinco capítulos de Far South comparten características en su estructura narrativa y en su costado gráfico. En cuanto a lo primero, todas ellas empiezan y terminan en el mismo lugar ya mentado, con una historia ocurriendo entremedio o narrándose a modo de flashback, desde la barra o una mesa del bar. Por lo que respecta a lo visual, la característica saliente es la utilización de un color para cada capítulo, además del blanco y negro, el cual varía de un episodio al otro y cumple cierta función en algunos de ellos, aparte de la de ser un tono de contraste.
Al mencionar este apartado, hay que detenerse en el trabajo de Fernández, quien se aleja un poco (pero no tanto) de su manera de dibujar para Marvel, teniendo más libertad para hacer básicamente lo que quiera. En ese campo más libre no hay dudas de que se sintió cómodo y lo aprovechó sin abusarse, priorizando como siempre la narración gráfica. En este sentido, se nota y para bien la influencia de Eduardo Risso en su forma de trabajar las páginas, desde los encuadres que van creando la escena completa a lo largo de la página, prestando atención a detalles mínimos de un panel a otro, hasta el uso de los negros con el recurso del claroscuro. En el mismo plano de la secuencialidad es sobresaliente la apariencia de movimiento que da a todos sus personajes, quienes viven desde las páginas tanto por esto como por la expresividad de sus rostros. Por otra parte, Fernández presenta, a modo de portada de cada episodio, ilustraciones pintadas dedicadas a uno de sus protagonistas, las cuales son dignas de encuadrarse.
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Se mencionaba a Risso y es preciso dedicar también a él un párrafo ya que cumple la tarea de editor de este libro, así como también es cofundador del sello Puro Comic Ediciones (junto al dueño de la tienda Puro Comic, Daniel Galliano) que previamente contara en su catálogo los títulos Yo, Vampiro, Borderline y Parque Chas. Todos ellos no sólo son trabajos del propio Risso (unos con Carlos Trillo, otro con Ricardo Barreiro) sino también fueron reediciones de publicaciones europeas. De esta manera, Far South se convirtió en el primer título original del catálogo de Puro Comic, así como el primero en no ser obra de Risso.
Volviendo al propio contenido de este libro, con su combinación de historias breves que capturan en la lectura y una trama mayor que se va conformando progresivamente, ofrece una experiencia interesante y satisfactoria, lo cual es doblemente o triplemente grato por el trabajo de dibujo ya descripto y el del guión sólido, concreto y coherente.
Una última cualidad destacable de este libro es que al comienzo referíamos a Far South como un libro de género western, pero en verdad no es solamente eso. Se trata en efecto de una historia que presenta muchas de las características de este registro por el entorno principalmente rural y el bandolerismo pero también está compuesto por cualidades propias del policial negro: su ambientación de la década de 1940; sus personajes grises que no son calificables como buenos ni malos, representados como ladrones, asesinos y prostitutas con sus motivaciones defendibles y discutibles; y el mundo en el que viven y del que son parte, uno corrupto y trágico, en donde todos están dispuestos a matar, comprarse y venderse. A su vez, estos rasgos están aderezados por la cultura rioplatense que se aprecia en multitud de elementos del cómic.
En definitiva, el mundo creado aquí por Santullo y Fernández, basándose en la cruda realidad, es uno muy atractivo de leer. Funciona tan bien que no sólo satisface en esta lectura sino que genera deseos de leer más; aunque el argumento cierra perfectamente en estas páginas, podrían seguir contándonos otras historias desde y hacia La Pulpería de Montoya.