2/21/2017

"El Color de la Nieve" en la diaria

Paisajes interiores

2016 fue un año especialmente rico para la historieta uruguaya. La publicación de la novela gráfica Rincón de la bolsa, por ejemplo, terminó de consolidar a Nicolás Peruzzo como uno de los dos o tres guionistas más talentosos del medio local; asimismo, el crecimiento en cuanto a publicaciones en el extranjero de Rodolfo Santullo (que escribe frecuentemente para editoriales argentinas) es sin duda un hecho atendible, al que cabe añadir que su editorial, Grupo Belerofonte, continúa coeditando con editoriales argentinas y ofreciendo en el mercado local la obra de los historietistas más interesantes del país vecino, como Alejandro Farías (Bahía Blanca, 1978), de quien fueron ya distribuidos en Uruguay los libros Piedra, papel o tijera (con dibujos de Jozz) y ¿Qué he ganado con quererte? (con dibujos de Junior Santellán), a las que se sumó a fines del año pasado la novela gráfica El color de la nieve, con guion de su autoría y arte de Tomás Gimbernat.
Acaso sea el arte lo más fascinante del libro. Gimbernat debuta en la novela gráfica con la creación de un universo visual bellísimo y expresivo, tributario, cabría pensar, de algunos elementos visuales en las películas de Hayao Miyazaki. Se trata, en cualquier caso, de un mundo habitado por animales antropomórficos (el guion, en ese sentido, remite quizá al clásico Watership Down, tanto la novela de 1972 como el largometraje de 1978, además de, por supuesto, a Animal Farm, de George Orwell) y por humanos, que comparten una geografía de carreteras, paradores, desiertos y ciudades escondidas en los bosques. Las viñetas de carretera, de hecho, están entre las más sugestivas del libro (la primera de la página 8, toda la página 15, la primera de la página 39, toda la página 83) y a las representaciones del bosque como frontera o empalme entre mundos.
El guion de Farías es correcto y, en general, el relato está construido con solvencia. Hay, sin embargo, ciertas bajadas de línea románticas y hasta cursis, y la incorporación del poema “Paseo Ahumada”, de Enrique Lihn (páginas 52-57), si bien no atenta contra la narrativa, termina por convertirse en el momento más flojo del libro (en particular la página 55, que parece querer desviar la atención del lector hacia otro tipo de pacto de lectura, para que de pronto sea retomado el hilo narrativo). La creación del mundo o los mundos ficcionales, de todos modos, termina siendo el lado fuerte de la propuesta, y el ritmo de relato de aventuras que le impone Farías a su guion funciona indudablemente bien.
La trama sigue las peripecias de una tortuga (otro de los personajes emplea el término “tortugo”) que se propone alcanzar la región austral en la que comienzan las nieves, y es interesante que, al señalar esa dirección, el relato queda ubicado en el hemisferio sur del mundo ficcional, acaso como referencia a la geografía de Argentina. La vaguedad en el cometido del protagonista, unida al poder evocativo de advertencias sobre “entrar al bosque” y lo sorprendente de las circunstancias en que termina entrometido el “tortugo” (guerras entre tortugas, ciudades que son inundadas periódicamente, sociedades mecanizadas), si bien en algunos momentos parecen acercarse un poco al cliché, aportan a una trama sugerente y por momentos fascinante, a la que no socava el desenlace algo simple y la comprensión de qué perseguía en verdad el protagonista.
Farías maneja bien el molde clásico de la trama de aventuras, basada en los escollos que van apareciendo, azarosamente, en el camino de un protagonista cuya misión no es presentada con claridad, pero también reescribe ese modelo de relato (al que suma el componente inevitable de alegoría que se desprende del uso de animales antropomórficos) siguiendo las pautas de una road-movie, lo que de alguna manera actualiza (o conecta con otra tradición) el molde elegido. Esto es, sin duda, un acierto de Farías y un buen argumento a favor de esta novela gráfica.

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